martes, 30 de agosto de 2016

Ambición


El tamaño de su ambición no conoce reglas ni límites: nunca es todo bastante para él.
Hablo del hombre y sus oscuros asuntos. En genérico.

lunes, 29 de agosto de 2016

Vermú "ultramarino"


Este pasado lunes (hace hoy justamente una semana), Juan Carlos Carbajo, alias Karbaj, (a) Malabia, (a) Larsen, (a) El Trapero, “ultramarino” de tierra adentro, se dejó caer por Mérida camino de Lisboa. Por fin pudimos ponernos cara y darnos un abrazo no virtual sino real, realísimo. En su mochila, una botella de vermú (“Es el que damos cuando hacemos presentaciones”, me dijo), y los dos libros que en la imagen la acompañan: el diario Suite Voltaire, de Brunos Marcos (ya estoy dando cuenta de él, voy por la mitad) y el libro de poemas Embrión, de Pedro Provencio, en la edición de la mítica colección Provincia.
Fue un encuentro breve pero intenso, como suele decirse: como era su primera visita a “la ciudad blanca”, le aconsejé algunas cosas para ver o hacer en Lisboa, tomamos un par de cervezas y, ay, tuve que marcharme casi a la carrera porque me tocaba currar.
Habrá que repetir encuentro con cualquier otro motivo. Y si es más temprano que tarde, mejor que mejor.
Dentro de un rato, en el aperitivo, será festejado a modo ese vermú.
Brindo por ti, Juan Carlos.


domingo, 28 de agosto de 2016

Pellejos, esqueletos

 
Entre lo alto (el pensamiento, la razón) y lo hondo (el corazón, las pasiones), tierra de nadie poblada enteramente por pellejos y esqueletos.

sábado, 27 de agosto de 2016

Naderías

 
Hoy me siento un inútil, un incapaz. De todo. Hasta de seguir escribiendo estas naderías. Naderías como escribir que quisiera seguir siendo el de ayer cuando bien sé que eso es imposible, que el yo de ayer ya ha muerto para siempre.

viernes, 26 de agosto de 2016

Con un par



Cada vez que me dicen “échale huevos”, “ole tus huevos”, “con un par de huevos”… nunca sé si tengo que cabrearme o ponerme a freírlos.

jueves, 25 de agosto de 2016

Exilio




A Stefan Zweig

Sé que no he de regresar jamás a este lugar
que hoy me expulsa de su lado

cada paso que voy dando,
cargado de hombros y en derrota,
borra el trozo de calle inútil,
harapiento, que queda detrás de mí,
ese que no volveré a pisar

desde zaguanes en penumbra,
bajo los toldos de los cafés,
emboscados tras los diarios
que informan de un nuevo estado de sitio,
cientos de ojos certifican mi salida
en un silencio cómplice y cobarde

subo al indigno vagón
-sólo billete de ida-
donde acomodo el equipaje:
mi exigua maleta de despojos
(un hatillo con comida fría,
dos gastados pantalones,
zapatos heridos de polvo y dudas)
y el oscuro gabán de los inviernos
por donde asoma roto el libro
con aquellos poemas que decías
-grávida, enamorada-
en los días felices hasta ayer

(¿he de escribir el dolor que me provoca
el deseo insatisfecho, imposible ya,
de permanecer aquí a tu lado,
el penar del pecho y de estas manos
que nunca más te verán?)

por la ventana indiferente
al movimiento que me aleja,
un paisaje de barriadas sucias
me conquista las retinas,
añade sordidez a este momento

a una velocidad que no me satisface, 
siento el traqueteo frenético
retumbando en mis adentros
-lo recto y lo curvo del hierro
rozándose ardiente a mis pies-,
más cerca mi cuerpo cada vez
de alguna frontera sin retorno

un penacho de humo blanco
pespuntea los rescoldos de la noche

con carbonilla en la mirada,
en una plena desolación sin nombre,
me dirijo hacia la lluvia
para que no se vean mis lágrimas