viernes, 30 de abril de 2010

El algodón no engaña (5)


Es el Cola-Cao desayuno y merienda ideal.




Lave su ropa con Persil.



Escuchar: "La canción del Cola-Cao".

jueves, 29 de abril de 2010

Cementerio Alemán de Yuste (Una antología)





En la hermosa comarca de la Vera cacereña, en el norte extremeño, en la subida desde el pueblo de Cuacos de Yuste hasta el Monasterio del mismo nombre donde Carlos V pasó sus últimos días, existe un lugar singular y mágico: el Cementerio Alemán.

En la entrada del mismo hay una placa donde, traducido del alemán, aparece el siguiente texto:

En este cementerio de soldados descansan 28 soldados de la Primera Guerra Mundial y 154 de la Segunda Guerra Mundial. Pertenecieron a tripulaciones de aviones que cayeron sobre España, submarinos y otros navíos de la armada hundidos. Algunos de ellos murieron en hospitales españoles a causa de sus heridas. Sus tumbas estaban repartidas por toda España, allí donde el mar los arrojó a tierra, donde cayeron sus aviones o donde murieron. El Volksbund en los años 1980–1988 los reunió en esta última morada inaugurada en presencia del embajador de la República Federal de Alemania en un acto conmemorativo hispano-alemán el 1 de junio de 1988.
Recordad a los muertos con profundo respeto y humildad.






Unas sencillas cruces de granito oscuro, con el nombre, rango y fechas de nacimiento y muerte, señalan las tumbas.

Su sencillez y serenidad, ha inspirado la obra de varios poetas y literatos, con textos y poemas que son los que me propongo recoger en esta antología.

Comienzo la misma con un hermoso poema de Álvaro Valverde, iniciador de esta saga de poemas en su libro Una oculta razón (IV Premio Loewe, Visor, 1991).

Agradezco de corazón los permisos de los autores para reproducir aquí sus textos sobre tan evocador lugar.


Cementerio Alemán


Tiene la muerte una medida exacta.
En línea, los túmulos recuerdan
los nombres y las fechas de los héroes.
La edad ignora cuándo
podría haber llegado el dulce fruto
final de la derrota.
Nada preserva, en cambio, la memoria
de aquellos que cayeron en combate.
Sus rostros son anónimos. Sus vidas,
hermosas y lejanas como el sueño
que habita las ciudades que dejaron.

Nos trae a este lugar una costumbre
de ausencia y de sosiego.
Hacia el sur, bajo el muro,
duermen viñas caídas
y a la sombra sin sombra de los viejos olivos
el silencio es solemne.
Con las últimas luces, la mirada se pierde,
luminosa de eterno.

Álvaro Valverde

miércoles, 28 de abril de 2010

Hiena (Definición y poema)

Hiena. El perro soñado por Quasimodo, patrón laico de los jorobetas.
Este cánido salvaje, feo como un dolor y astuto como un banquero, emite una especie de sonido gutural, de risa macabra e inquietante que da bastante que pensar, pues es muy posible que esté riéndose de nosotros por anticipado mientras trama alguna sucia jugarreta de las suyas.




Cuarteto para hiena sola

Incierta la estupidez que aparenta
y la cobardía que se le atribuye.

Quasimodo de la sabana,
no logro entender de qué se ríe.

martes, 27 de abril de 2010

Culo de botella



-Pero, ¿tú no te ibas a operar de la vista?
-Iba, tú lo has dicho. Pero me lo he pensado mejor, y me he dicho que para lo que hay que ver muchas veces, ni corro el riesgo ni hago el gasto.

lunes, 26 de abril de 2010

Dibujos animados


Entre el Coyote




y el Correcaminos...




...me quedo con La Pantera Rosa.


domingo, 25 de abril de 2010

Revoluçao



25 de abril

Tarde de primavera: un trío de músicos callejeros (por más señas, rumanos, los latinos del Este) toca con pasión una arrebatada melodía carioca y universal: Brazil.
Y entre la riada de gente que deambula por la calle arriba y abajo me parece distinguir que algunos viandantes lo hacen marcando el ritmo casi clandestinamente, como con vergüenza.

Por la mañana, en la misma calle, me han regalado un clavel rojo y este texto es un intermedio en la lectura de un libro sobre Portugal escrito por alguien que se dice -y lo parece- medio español en Portugal, medio portugués en España.


sábado, 24 de abril de 2010

Marino (Halitosis - Mal de ojo)

 
Hoy, 24 de abril, y según el Calendario Zaragozano, festividad de Ss. Fidel de Sigmaringen, Gregorio, Eusebio, Leoncio y Sabas, mártires, mi amigo Marino González Montero cumple años.
Titantos, como suele decirse con cierta coquetería.

Es así, tal como lo veis en la foto: seguramente aquí está riéndose de algún chiste que le acaban de contar, o está a punto de contar uno él mismo y ya está abriendo boca a la risa y la amistad.

Dejando aparte, claro, que es también un magnífico escritor -mejor de lo que él mismo se cree- y un editor exquisito.

Mi manera de felicitarle es colgar aquí dos pequeños "crímenes" de los que vengo cometiendo desde hace un tiempo porque sé que le gustan especialmente.

Va por ti, maestro.



Halitosis

Lo maté porque el aliento le olía a rayos.

No se puede figurar usted cómo le olía. 


Para que se haga una somera idea, le diré que era como una mezcla diabólica y letal de amoniaco y heces.
 
Y una será lo que sea, pero también soy de confesión diaria y de olfato delicado.




Mal de ojo
No había acabado de cerrarse la puerta de barrotes detrás de mí, yo todavía con el equipo reglamentario del talego en las manos, cuando al tipo con el que iba a compartir el rancho y la celda durante algunos años le faltó tiempo para hacerme la pregunta:
-Tío ¿a ti por qué te han encerrao?
-Por matar a un ciego.
-¡No jodas, un ciego! -exclamó con sorpresa el colega-. ¿¡Pero qué coño te hizo!?
-Es que me echó mal de ojo -contesté.
-Aaaah -respondió el tipo, vacilante, rematando la conversación-; entonces se comprende.



Imágenes:
Marino: Esther Muntañola.
Confesión: Cristina García Rodero.

viernes, 23 de abril de 2010

Día del Libro


Hoy, 23 de abril, e instaurado oficialmente por la UNESCO desde 1995 con motivo del aniversario de la muerte de Cervantes, Shakespeare y Garcilaso de la Vega el mismo día de 1616, se celebra internacionalmente el Día del Libro.
Mi manera de celebrarlo en esta ventana es reproducir, con mi agradecimiento por su amabilidad, este texto de Jesús Marchamalo, periodista, escritor, comunicador, amante de los libros y las bibliotecas, entre otras muchas cosas de su trayectoria profesional.
En su obra destacan títulos como La tienda de palabras, 39 escritores y medio, Las bibliotecas perdidas, Tocar los libros, No hay adverbio que te venga bien o 44 escritores de la literatura universal, aparecido este último hace apenas unos meses en la editorial Siruela.
Alrededor del mundo de la escritura y los libros, publica desde hace tiempo unas interesantísimas colaboraciones (reportajes, entrevistas y reseñas) en el suplemento cultural “ABCD”.

Dicho texto fue leído por su autor con motivo de la celebración del XII Salón del Libro Antiguo de Madrid en 2009.



Esta aventura de libros y misterios
Jesús Marchamalo



Un libro. Bonito. Espero que estemos de acuerdo. Se titula Literatura española del siglo XX, de Pedro Salinas, editado por Séneca, la editorial de Bergamín, allí en el exilio, en México, en 1941.
Y estoy seguro de que muchos de ustedes lo conocen, y que secretamente calculan su precio. Deformación profesional, no se preocupen.
Lo compré en Madrid, en la librería de mi amigo Jaime, donde voy, de vez en cuando, desde hace años, a ver libros, y a hablar de esto y aquello, y a echar parte de la mañana o de la tarde, si uno dispone de ella.
La encuadernación, holandesa, con puntas -qué les voy a contar que no sepan- es de mi amigo Jesús. Trabajaba hasta que se prejubiló el año pasado en la oficina central de Correos de Guadalajara por las mañanas, y, por las tardes, casi por afición, se dedicaba a encuadernar.
Así que quedábamos, de vez en cuando, cerca de mi casa, como dos conspiradores, o espías, en un banco, en la calle.
Yo le entregaba los libros, y al cabo del tiempo, dos o tres meses, más a veces (ya saben cómo son los encuadernadores que trabajan por las mañanas en Correos), me los devolvía con su nueva cubierta de piel, tersa y esplendorosa.
Él me encuadernó, en rojo, la primera edición de Pombo, de Ramón, dedicada con su habitual “afecto Pombiano”; me encuadernó, en piel verde, un librito de Pérez Ferrero, Luces de Bengala, y en marrón, plena piel, con nervios, otro de León Felipe, Antología rota, dedicado, que compré a un librero, hace años, en un salón como éste. O este mismo salón.
Es curioso cómo los libros cuentan historias. Siempre. Cuentan quiénes nos los vendieron, o regalaron. Dónde los encontramos. El lugar en el que los leímos: si estábamos en el mar de vacaciones, o en la cama, con fiebre de la gripe común. Y no ésta, que acaba y nunca acaba de pillarnos.
No sé cuánto hace que colecciono libros. Y tampoco sabría explicar el motivo, más allá de la fascinación, de la emoción irrepetible -y elijo con cuidado la palabra-, de dar con uno de los que buscamos.
Hay ciudades, y lugares, y viajes que recuerdo por los libros que encontré.
Una edición de Cántico, en Sevilla; otra de José Hierro, con un dibujo suyo, en Santander; un poemario de Vicente Aleixandre, firmado, en Valencia; y otro dedicado por Baroja, Desde el principio hasta el fin, Espasa-Calpe, 1935: letra menuda, rácana, minúscula, con el que topé una mañana, aquí en Madrid, en la librería de mi amigo Manolo.
Recuerdo también el día en que me llegó a casa un sobre con un libro firmado por Canedo, desde Lisboa; otro de Oliverio Girondo que compré en Buenos Aires, por Internet; y el paquete que vino desde México, hace años, lleno de cinta de embalar y papeles de todos los colores, con un libro firmado por Juan Ramón Jiménez con su letra arabesca, un poco inconcebible.
Y recuerdo el placer, iba a decir morboso, de tocar esas páginas que, al menos un momento, tocó también el raro Juan Ramón.
Tan raro que lavaba sus manos con colonia cuando cogía los poemarios de alguno de sus autores favoritos. Tanto que cuando ingresaba, él solo, de vez en cuando, en el sanatorio del Rosario, de Madrid, sacaba de su casa un retrato enmarcado de Verlaine con el que se presentaba, bajo el brazo, ante el médico: ingréseme, decía, aquí lo traigo todo.
Los libros dedicados, tema al que se dedica la exposición de este año en el Salón, guardan algo de sus autores. Permiten ver su letra, el color de la tinta, las palabras, generosas o cutres, que utilizan, la forma de expresarse…
Alguien dijo que las dedicatorias son un género literario más, el arte de la concisión y del ingenio. Y con ciertos autores admirados -Antonio Machado, Octavio Paz, María Zambrano-, descubrir esa parte pequeña, pero al tiempo única, de su obra, plantea desde luego un privilegio.
Pero hay algo también que se queda en los libros de nosotros. Un rastro a veces sutil de esquinas dobladas, o pequeños pedazos de papel utilizados como señaladores. También sellos, y fotos, anotaciones, billetes de autobús, flores prensadas, erratas corregidas. Algo nuestro en cada libro que tocamos, y que nos sobrevive.
No es fácil, de otro modo, explicar este entusiasmo nuestro por el papel, las encuadernaciones, el olor de la tinta, el sonido de un libro al hojearlo.
Creo que los libros son, de algún modo, un país, y el amor a los libros te hace ciudadano de esa nación imaginaria donde los habitantes utilizan palabras fragantes y sonoras. Dicen nervios, hierros, dorados, tejuelos y gofrados… Dicen ejemplar fatigado, y polilla, sin afectar al texto.
Durante el pasado año tuve la fortuna, la suerte irrepetible, de escribir una serie para ABCD, el suplemento cultural de ABC, sobre algunos escritores y sus bibliotecas.
Visité la de Vila-Matas, en Barcelona, en la que escribe rodeado de sus autores favoritos; la de mi amigo Mateo Díez, aquí en Madrid; la de Javier Marías, con sus libros ingleses; la de Fernando Savater, llena de muñequitos, y postales; la de Pérez-Reverte, gran lector, y bibliófilo, al que le llevé un libro para que me lo firmara y que en El club Dumas me escribió: “A Jesús Marchamalo, esta aventura de libros y misterios”, que no es mal título tampoco para un pregón.
También estuve con Mario Vargas Llosa, uno de mis santos laicos de siempre, quien me habló, con nostalgia, de unas cajas que dejó en el desván de casa de sus abuelos, allí en Lima, cuando se vino a Europa, a finales de los años 50.
Más o menos mil libros, calculaba, que se comieron la humedad, el polvo y los gusanos, en el peor clima del mundo para el papel: humedad y calor y un poco también de indiferencia y abandono.
Los había dejado envueltos en naftalina y tabaco negro confiando en que aquella vieja magia funcionara. Pero no. Cuando volvió, seis o siete años más tarde, se encontró con el papel deshecho, desmenuzado, lleno de moho y manchas, y en cada libro, dos o tres túneles de polilla.
Entre esos libros perdidos había uno de Pascual de Gayangos, un tratado de novelas de caballerías que encontró, unos años más tarde, en la tienda de un anticuario, y que compró sin confesarle sus vicisitudes.
Y me habló del placer inesperado del reencuentro con aquel libro que había sido suyo y que volvía a serlo.
Me habló de esa emoción impune, prodigiosa, ese milagro cotidiano de las librerías de viejo que consigue poner ante tus ojos, a tu alcance, la tentación enorme de ese libro que se lleva tanto tiempo buscando o, lo que todavía es mejor, ése que ni siquiera sabías que buscabas, y que te encuentra a ti.
Me firmó un ejemplar de Pantaleón y las visitadoras para mi hijo Andrés, que cumplía ese día siete años. Y que dice: “Para Andrés, lector precoz, en el día de su cumpleaños, con un abrazo cariñoso de Mario Vargas Llosa”.
Aquí lo tienen, dedicado como los de Neruda, con tinta verde, en la edición de Seix Barral, Barcelona, 1973.
Un libro que leí, hace seguramente treinta años, que perdí en alguna de las quince mudanzas que hemos sufrido todos desde entonces, y que volví a comprar sólo para que se lo firmara a mi hijo, que lo leerá, de adolescente, con su firma.
Voy a llevarlo a la exposición, ahora, que les recomiendo que visiten, sobre dedicatorias. Dentro de un rato, si se animan, podrán verlo en una de las vitrinas y esta vez, saber algo de la historia que hay detrás
Ésa que tienen todos y cada uno de los libros, y que, a veces, tenemos la fortuna de poder conocer.
No tengo mejor deseo esta tarde para ustedes, lectores, coleccionistas, que desearles lo mismo que aquello de lo que hablaba Vargas Llosa: que encuentren lo que buscan, o que sean ustedes encontrados.
Y a ustedes, los libreros, que lo vean.

Buenas tardes a todos. Buena suerte.
Muchas gracias.



Coda: ¡Qué buena aventura hubiera salido de un encuentro entre Don Quijote y Cervantes mientras éste recaudaba impuestos en nombre del rey!

jueves, 22 de abril de 2010

Buzón (1)


"Sé que he recibido algún libro porque
cuando llego a casa el buzón me sonríe".
Elías Moro




Entre ayer y hoy, y de manos de amigos generosos (Luis Sáez, José María Cumbreño y Javier Sánchez Menéndez) han entrado en mi bibliboteca cuatro magníficos libros.
Por cierto, editados todos con un gusto y cuidado que ya quisieran otros para sí.
No puedo si no agradecer las atenciones que tienen conmigo.

Por orden de aparición:

Límites y progresiones
José María Cumbreño
Ed. Baile del Sol



Enciclopedia I
Gonçalo M. Tavares
Editora Regional de Extremadura



Regreso a Vadinia
Manuel Vicente González
Editora Regional de Extremadura



Plaza de Toros
Textos de José María Jurado
Ilustraciones de Pablo Pámpano Vaca
Ediciones de la Isla de Siltolá, colección "Anejos"



Coda: Por si a alguien pudiera interesarle: justo en el momento de ir a publicar esta entrada, me encuentro con otro regalo, éste virtual: una colaboración mía en el blog de poesía http://lasafinidadeselectivas.blogspot.com/ que con tanta constancia como acierto mantiene Agustín Calvo Galán y a quien no puedo dejar de darle las gracias por su amable acogida.

miércoles, 21 de abril de 2010

Titanic, Fred Astaire, Latas

Me acuerdo de la orquesta del Titanic, la noche del desastre, tocando su última pieza como si no ocurriese nada.




Me acuerdo de que Fred Astaire vestía el frac (¿o era un esmoquin?) con tanta naturalidad como otros llevan el batín o calzan zapatillas de felpa.





Me acuerdo de las cajas de lata, bellamente decoradas, llenas de dulce de membrillo.


martes, 20 de abril de 2010

Avenida dos náufragos (un poema portugués)



Avenida dos náufragos
(Sesimbra)


En esa ventana,

la mujer esperó,

inútil y largamente,

el regreso de su hombre

tragado por el mar,

confortada sin esperanza

por sus vecinas viudas.

(Inédito)



lunes, 19 de abril de 2010

Dentista


Cuando por fin te llega tu turno en el dentista, siempre hay un momento de pánico en el que te arrepientes de no haber buscado una excusa para faltar a la cita.
Porque pocas veces se está tan desamparado como cuando estás tendido en ese sillón, con la boca abierta, el foco de luz quirúrgica en los ojos -como en un interrogatorio policial de tebeo-, y empapado de un miedo latente y terco a todos esos instrumentos de acero que a saber qué irán a hacer con tus pobres dientes indefensos.



domingo, 18 de abril de 2010

Tonino Guerra (2 poemas)



Los bueyes

Id ahora a decirle a los bueyes que se vayan,
que el pasado es pasado y no hay vuelta de hoja
que la faena que hacían se hace antes con el tractor.

Para después conmovámonos pensando
en las fatigas que han pasado durante siglos
mientras se van con la cabeza gacha
atados todos en fila camino del matadero.

(Los bueyes, 1972)





Los molinos abandonados

Tengo que entrar un día
hasta el fondo de la cueva en la montaña
donde mana el agua que va al Marecchia
y mirarme en ella.

Tengo que ir a husmear
en los molinos abandonados
donde los carboneros con las manos negras
partían el pan caliente
y se lo comían con queso.

Allí estarán las ruedas quietas
y en las paredes las alcayatas blancas de harina,
pero el aire que mueven las mariposas
tendrá el olor del pan
y de la vida que no muere nunca.

(El árbol del agua, 1995)

TONINO GUERRA (Poesía completa)
Universidad Popular S.S. de los Reyes, 2001
Traducción: Juan Vicente Piqueras

sábado, 17 de abril de 2010

Cumpleaños

Belleza
Toda la vida buscando la belleza, y estaba a mi vista
y al alcance de mi mano en la curva de tu pecho.





Amor de padre
Dice mi amigo Marino que si mis dos hijas
entran juntas a un sitio, “se para la música”.
¿Y qué puedo hacer yo sino darle la razón con un abrazo en silencio?



Desde hace veintiocho años,
ellas son mi mejor regalo de cumpleaños
todos los días.

viernes, 16 de abril de 2010

Fado da saudade


En el día de hoy, cautivos y desarmados por el amor, mis amigos Susana y Antonio, Antonio y Susana, han decidido formalizar en un papel lo que ya estaba atado en sus corazones.


Amantes de Portugal (mantienen desde hace tiempo una página semanal -"La raya de papel"- sobre el país vecino en el diario "Hoy" de Extremadura, son profesores en la universidad de la hermosa ciudad de Évora), no se me ocurre mejor manera de desearles felicidad eterna que con esta canción, una de las que, sin duda, formaría parte de la banda sonora de mi vida.


Escuchar aquí.

Fado da saudade

Nasce o dia na cidade, que me encanta
Na minha velha Lisboa, de outra vida
E com um nó de saudade, na garganta
Escuto um fado que se entoa, à despedida
E com um nó de saudade, na garganta
Escuto um fado que se entoa, à despedida

Foi nas tabernas de Alfama, em hora triste
Que nasceu esta canção, o seu lamento
Na memória dos que vão, tal como o vento
O olhar de quem se ama e não desiste
Na memória dos que vão, tal como o vento
O olhar de quem se ama e não desiste

Quando brilha a antiga chama, ou sentimento
Oiço este mar que ressoa, enquanto canta
E da Bica à Madragoa, num momento
Volta sempre esta ansiedade, da partida
Nasce o dia na cidade, que me encanta
Na minha velha Lisboa, de outra vida

Quem vive só do passado, sem motivo
Fica preso a um destino, que o invade
Mas na alma deste fado, sempre vivo
Cresce um canto cristalino, sem idade
Mas na alma deste fado, sempre vivo
Cresce um canto cristalino, sem idade

É por isso que imagino, em liberdade
Uma gaivota que voa, renascida
E já nada me magoa, ou desencanta
Nas ruas desta cidade, amanhecida
Mas com um nó de saudade, na garganta
Escuto um fado que se entoa, à despedida




Nace un día en la ciudad que me encanta
En mi vieja Lisboa de otra vida
Y con un nudo de saudade en la garganta
Escucho un fado que se entona en la despedida
Y con un nudo de saudade en la garganta
Escucho un fado que se entona en la despedida

Fue en las tabernas de Alfama en hora triste
Que nació esta canción y su lamento
La memoria de los que van igual que el viento
La mirada de quien se ama y no desiste
La memoria de los que van igual que el viento
La mirada de quien se ama y no desiste

Cuando brilla la antigua llama o sentimiento
Oigo este mar que resuena cuando canta
Y de Bica a Madragoa, en un momento
Vuelve siempre esta ansiedad de la partida
Nace un día en la ciudad, que me encanta
En mi vieja Lisboa de otra vida

Quien vive solo del pasado, sin motivo
Queda preso de un destino que lo invade
Mas en el alma de este fado, siempre vivo
Crece un canto cristalino, sin edad
Mas en el alma de este fado, siempre vivo
Crece un canto cristalino, sin edad

Es por eso que imagino, en libertad
Una gaviota que vuela renacida
Y ya nada me apena o desencanta
En las calles de esta ciudad amanecida
Y con un nudo de saudade, en la garganta
Escucho un fado que se entona en la despedida.


jueves, 15 de abril de 2010

Mestre, el ornitólogo

"La belleza no es un lugar
donde van a parar los cobardes".

Antonio Gamoneda
(Sublevación inmóvil)




Me acuerdo de un juglar de Villafranca del Bierzo tocando el acordeón en Mérida mientras recitaba a un público boquiabierto su hermosísimo poema Salmo de los bienaventurados.




A Mestre le asoman palomas por la cabeza, centauros del costado, estrellas de entre las manos; y peces y bicicletas y sombreros que vuelan a través de constelaciones y susurros, galopan por el camino de la nieve y las calles de las aldeas, amanecen en la sed y la alegría, se hacen música en su vuelo.

El diccionario de la R.A.E. define el término juglar, en su 5ª acepción, como trovador, poeta. Así lo pensé yo camino de mi casa, después de despedir a Juan Carlos Mestre en la estación de Mérida un día ya lejano e indeleble en mi memoria desde entonces; en mis oídos sonaban (con la música de un acordeón), y aún siguen sonando cada vez que me acerco a sus versos, poemas como el Salmo de los bienaventurados, Antepasados, Valle del alba, El arca de los dones, Retrato de familia, Fechado en Auschwitz, Página con perro, Asamblea, La tumba de Keats…
Cada vez que leo sus poemas siento una mano amiga en el hombro.

Sucede la poesía cuando Mestre aparece; ella, enamorada de esa bondad que se abisma en los ojos del poeta, le otorga sus favores con una magnificencia de la que carece cuando de otros se trata. Mas justo es decir que es un amor correspondido; él, Juan Carlos, también siente fervor por ella: jamás la ha traicionado ni, sospecho, tendrá nunca ni la capacidad, ni el arrojo, ni la más mínima intención de hacerlo. Pero, ¿cómo es la poesía de Juan Carlos Mestre? Pues como ella quiere, no sujeta a reglas ni amantes, libre e irredenta como una puta sin edad, apasionada por su oficio, llena de achaques y afeites y que, tirada en medio de la calle o encumbrada a los más altos palacios, saciada o temerosa, otorga sus favores a esos clientes que ella escoge y nunca le faltan.
Como ocurre con aquellos que se enamoran a primera vista, cuando dos palabras se encuentran, y se miran, y se ponen una al lado de la otra, y se cogen de la mano, y nos dicen algo que nunca había sido dicho de esa manera, eso es la poesía.

Sucede la poesía cuando Mestre aparece; las palabras entran en sus poemas como muchachas a la promesa de un baile y, como un extraño con hambre que llama a tu puerta en la noche de los viernes, nunca salen como entraron en él; su significado ya no es el mismo de siempre.




La incertidumbre y la magia, el compromiso y la imaginación (acaso el instrumento más formidable de que dispone el hombre para su felicidad), la dignidad y el fulgor de la inteligencia, el exacto silencio de lo cierto se han adueñado de sus palabras y de paso del lector.

En palabras de Osías Stutman “el poema restituye palabras al mundo porque el mundo destruye palabras que el poema salva”.
Lorca también lo sabía, y era otro de esos raros afortunados que tienen tratos secretos con ella.

Si a esto añadimos que su poesía es de una altura moral inusual en estos tiempos, plagada de versos llenos de rechazo y rebeldía ante lo oscuro de la historia y la vida, compasivos ante los humildes, feroces frente a la crueldad, habremos metido en el mortero todo lo necesario para que el producto resultante sea como pan recién hecho y para que quien lo prueba (cabe decir el lector) no salga indemne. Es la suya una actitud en la que la imaginación tiene la facultad de transformar la realidad, en que la injusticia no tiene cabida (sólo si es para denunciarla), y donde la dignidad del hombre bueno jamás se pone en entredicho.

Sin renegar de la tradición, del pasado, Mestre ha conseguido eso que se llama “voz”, una voz madura en el centro de una responsabilidad cívica porque para él la poesía “es un acto de resistencia ética y estética”.

Mestre, en fin, tiene la cabeza a pájaros: cuclillos, petirrojos, gorriones, cárabos, alondras, estorninos, cisnes, faisanes, oropéndolas, la delicadeza de haiku de los colibríes…

A Mestre le asoman estrellas por la cabeza, palomas del costado, centauros de entre las manos; y peces y bicicletas y sombreros que amanecen a través de constelaciones y susurros, vuelan por el camino de la nieve y las calles de las aldeas, galopan en la sed y la alegría, se hacen música en su vuelo.




Un hermoso poema suyo...

Reparto

El barbero de Whitman, Abraham Milton Rossell, muerto en la aldea de Brooklyn a los 38 por causas desconocidas.

Hermann Keller, carpintero de Paul Klee, desaparecido en Berna la noche del 24 de abril de 1910 sin dejar otro rastro que una carta de despedida a los pájaros del parque Gurten.

Manetto Mazzini, genovés, hijo de Renzo y Alesia, quien relacionó por primera vez la armonía tonal con el lenguaje de los delfines.

Rubén Azócar, hermano de Albertina, maestro elemental, corrector de pruebas, amigo de Neftalí Reyes Basoalto, más conocido como Pablo Neruda.

Norberto Beberide, pintor, pastelero, mago.

Isabelle Eberhardt, exploradora del Sahara, amiga de los camaleones, fumadora de kif, sepultada a los 27 por la crecida de un río.

Aicha Kandé, hechicera, apodada Un tiempo para cada cosa, empleada doméstica en la hacienda Roosevelt, Ciudad del Cabo.

Leonardo Mestre, de profesión sastre, emigrante, de estatura regular, pelo negro, ojos castaños, un lunar en la mejilla, embarcado para La Habana el 21 de junio de 1920 desde el puerto de A Coruña en el Vapor Orcoma de la Steam Packet Company.

Abdel Gaffâr Abufarne, sirviente del que perdona, bailarín apátrida, campeón del mundo de billar.

May Sheldon, novia blanca del Kilimanjaro.

Dora Eliana Levi, nacida Freedmann, violinista, amiga secreta de Chagall.


Por favor, ocupen sus asientos. Apaguen los teléfonos móviles. La función está a punto de empezar.




...y otro mío como continuación y homenaje.

Figurantes
A Juan Carlos Mestre

James Rufus Agee, que vivió durante dos meses con los aparceros de Alabama durante la gran depresión, escribió los guiones de La reina de África y La noche del cazador y murió de un infarto en un taxi de Nueva York.

El mayordomo de Maupassant, que nunca se recuperó del tercer suicidio de su señor.

Clarence Roberts, sicario de un gánster. Cantaba como tenor de su parroquia en el coro de los domingos y asesinaba por las noches.

Ramón Enríquez, pescador de tiburones, quien, contra todo pronóstico, murió una tarde de galerna con los naipes en la mano junto a los cestos de la carnaza.

Mario Ezequiel Brindisi, puntero derecho, virtuoso de la armónica con la que tocaba fados y boleros hasta hacernos llorar de alegría o desconsuelo.

Tom Nash, compinche de Mark Twain, patinador nocturno en el Mississippi al abrigo de los grandes vapores fluviales.

Juan Nepomuceno Carlos Pérez Vizcaíno, ese cuate escritor y fotógrafo que se hizo llamar Rulfo para que no se perdiera el apellido de su abuela por el sumidero del olvido.

Frank O´Hara, poeta y dramaturgo, combatiente naval en el Pacífico. Amante de Joe Brainard, murió arrollado por un vehículo en la playa de Fire Island, estado de Nueva York.

Ada Falcón, cantante de tango en la época de entreguerras, quien en la cumbre del éxito se retiró a un convento de clausura y se hizo monja franciscana.

José y Juan Viñals, tipógrafo y óptico respectivamente, poetas, hijos del panadero catalán que fundó el cementerio de Corralito, Argentina, allá por los años treinta, y del que fue uno de sus primeros moradores.

Pietro D´Abano, astrólogo y filósofo cuyo cadáver fue quemado por la Inquisición por haber tenido tratos con el diablo.

Mariano Azuela, escritor de los pobres, médico del ejército de Pancho Villa.

Fermina Ocaña, natural de Uclés, provincia de Cuenca. Modista privada al servicio de los Peñasco, sobrevivió al hundimiento del Titanic, peregrinó a su pueblo por cumplir una promesa, y abrió una pensión en Madrid, lo más lejos que pudo del mar, a donde no regresó jamás.

Johannes Kepler, matemático y astrónomo estudioso de las órbitas planetarias. Viudo de dos esposas y superviviente de varios hijos, murió solo y pobre en una ciudad extraña intentando cobrar una deuda para aliviar sus penurias.

Gutierre de Cetina, soldado y poeta, por este orden, autor de los más bellos madrigales, muerto en un duelo a espada bajo la ventana de su amada.

Andrés Cepeda. Anarquista y homosexual, letrista de tangos. Algunas de sus letras fueron cantadas por Gardel.

Carl Ludwig Long, saltador de longitud alemán. Aconsejó a Owens sobre cómo efectuar su último salto en los Juegos del 36. Perdió el oro frente a él y se ganó el odio de Hitler, quien lo envió a morir en el frente de Sicilia durante la Segunda Guerra Mundial.

Antoine de Tounens, procurador de los tribunales franceses, masón, que se autoproclamó Rey de la Araucania y la Patagonia. Deportado en cuatro ocasiones desde la República Chilena, acabó sus días viviendo de la caridad de un sobrino carnicero.

Daniel Moyano. Escritor argentino, italiano, indio y español. De chico robaba fruta con quien luego sería el “Che” en el huerto cordobés de Manuel de Falla. Violinista en el Cuarteto de Cuerda y Orquesta de Cámara de La Rioja. Murió en el exilio.

La dirección pone en conocimiento de los señores espectadores que en caso de fuerza mayor este elenco de figurantes se hará cargo de la representación.

No se devolverá, en ningún caso, el dinero de las entradas.


Coda: Hoy, 15 de abril, Juan Carlos Mestre cumple años.
Felicidades, amigo.


Para saber más: La página de Mestre.

Para escuchar: Valle del alba (con Amancio Prada)

Todas las imágenes son obra suya.


miércoles, 14 de abril de 2010

¡Vaya tropa!

Juez. Sujeto con ínfulas de reyezuelo que, oídas las partes en un litigio, y tras una somera reflexión, dictamina errores.
 

Médico. Verdugo esporádico con diploma en el despacho tras haber conseguido un título académico en alguna facultad de medio pelo.
Luego de jurar el cargo según la ética hipocrática, ya puede poner en práctica su impericia, y aún crueldad, sin responsabilidades civiles ni penales en la gran mayoría de los casos.
La muletilla popular de “matasanos” respecto de estos sujetos, digo yo que será por algo.



Militar. En muchos lugares del mundo, y desde que el mundo es mundo, dictador en potencia.



Forense.
Sobre profanador de cadáveres obseso del bisturí, verdugo recalcitrante con licencia médica, administrativa y judicial.


Abogado.
Compinche imprescindible del sistema carcelario. Asaltante con toga.

martes, 13 de abril de 2010

Paisanaje (6) Angustias



Portadora a su pesar, junto a sus dos hermanas, de un apodo estigmático, apañadilla de aspecto pero parca de espíritu, Angustias era lo que se dice la viva imagen del desasosiego. Si la hubiera conocido el excelso Pessoa, bien podría haberle dedicado, sin desmerecer ni un ápice, ese tan famoso libro suyo donde el vate portugués (que tampoco es que fuese la alegría de la huerta pero escribía del copón, a cada uno lo suyo) volcó con enorme talento las penas del alma y el cuerpo, la amarga experiencia y el sinsabor, en la gran mayoría de los casos, del tránsito fugaz por este valle de lágrimas.

Un caso perdido y sin remedio, la tal Angustias. Ni siquiera los muchachos más alegres y jaraneros consiguieron nunca, pero lo que se dice nunca jamás de los jamases, arrancarle una sonrisa de soslayo, unas risitas de gozo, un chistoso jajajá. No digamos ya una carcajada. Y eso que se cruzaron apuestas por todo lo alto, y este asunto en nuestro pueblo son palabras mayores, que por aquí el personal no se anda con chiquitas ni diplomacias habiendo perras de por medio. Más agarraos son que un escocés en bancarrota. Tú no pagues una apuesta y ya verás, ya: no te arriendo las ganancias, disponte a lo peor. Pues ni por esas. No había manera.


Sus ojos, negros como ala de cuervo ("como los cojones de un grillo", decíamos los chaveas por lo bajini), eran un portal de lágrimas abierto siempre para lo que se terciara. A la mínima ocasión y por los más peregrinos motivos -tampoco es que hiciera falta del otro mundo-, allá que se daba la Angustias a llorar con un desconsuelo impropio y sin fecha de caducidad: un árbol escaso de porte y de fruto, algún perrillo callejero con su poquito de tiña y las costillas bien dibujás por el hambre, un chavalín con mocos y legañas que se cruzaran con ella (y mira que hay arbolillos miserables, canes famélicos y rapaces mocosos en este pueblo), gilipolleces y tontunas de estas, ya digo, eran argumentos más que suficientes para que diese comienzo el espectáculo en todo su esplendor. Porque eso, un auténtico espectáculo, era ver llorar a la Angustias: las lágrimas fluían por su rostro cual arroyuelo de montaña despeñándose tras el deshielo, acompañadas de gemidos y visajes de todas clases: las manos como garfios engarzadas una con otra, suspiros que parecían salir de lo más profundo de sus entrañas, ayes escalofriantes que estremecían al más pintao y encogían los ánimos más veteranos…

Las desgracias ajenas eran su cruz de la pasión y su camino hacia el Gólgota. La verdad es que como plañidera no tenía precio. Con ella de por medio -y nunca andaba muy lejos de cualquier desventura que aconteciese-, el sofocón estaba garantizado. ¡Qué tía por dos reales!, que dicen en el pueblo de mi abuelo. Tres horas estuvo llorando en el entierro del tío Genaro sin concederse un respiro a pesar de no tener con el difunto el más remoto parentesco ni haberle dirigido la palabra en toda su vida. Y esto sin contar que el tío Genaro era un impresentable, un grosero y un zafio -un mamón, vamos, pa entendernos bien y pronto-, que nos dio una alegría del carajo cuando la diñó.

Se veía venir que tamaños esfuerzos, por lo demás gratuitos y desproporcionados, sin lógica ni sostén alguno, no podían conducir a nada bueno y tenían que pasarle factura en algún momento. Lo que nunca sospechamos ni por un momento, y el que afirme lo contrario miente como un bellaco, es que, después de todo, fuese por un motivo tan tonto: Angustias murió de un soponcio tremebundo (también llamado “jamacuco” o “cólico miserere”) cuando al doblar una esquina se topó de repente con un gato negro que devoraba a un gazapillo debajo de una escalera junto a un espejo roto.
A saber qué se le indundiría en el ánimo con aquella escena para que le diese el ataque.
Y todo por algo que a ella, vamos, se supone, pero qué coño le importaría a la pavisosa, ni le iba ni le venía.

Estaría de Dios, que se dice. 
Qué cosas.

lunes, 12 de abril de 2010

Suicidios

Imagen: Arthur Fellig (Weegee)


El suicidio es una rendición. Pero honrosa, no nos equivoquemos.

Cuando alguien se suicida, es su muerte lo que muere.

Tuvo siempre tan mala suerte que lo mataron el día que se iba a suicidar.

El suicida es el único de nosotros que dispone a su antojo del tiempo. Envidia me da algunas veces.

Si no estuviera seguro de que soy yo el que está cayendo por propia voluntad, pensaría que me he vuelto loco, que el suelo viene a mi encuentro con una rapidez asombrosa.


Ver:
"Los suicidas", de los geniales Les Luthiers.

domingo, 11 de abril de 2010

Cilleruelo y los tranvías



Casi desde que se creó este blog -y va ya para tres meses- tenía ganas de insertar esta entrada en homenaje a José Ángel Cilleruelo y la cálida acogida que me ofreció en el trayecto de sus tranvías. Y sin pagar billete para el viaje que comencé desde que descubrí, asombrado y feliz, esta maravillosa página hace ya dos años y medio.




Luego descubrimos más cosas en nuestro viaje paralelo por sus vías: grandísimos amigos comunes, aficiones y lecturas, el amor por Portugal y los mercadillos, la poesía y los charcos...

Pero estábamos hablando de tranvías, esos románticos dinosaurios casi extinguidos que han vuelto a circular por muchas ciudades después de su muerte anunciada por el progreso.

Es tan poética la palabra tranvía: cabe sin chirriar en cualquier texto -y cuando aparece de repente en alguno de ellos, como a la salida de una curva ciega, lo mejora sin duda-, ya sea éste poema, relato o novela.

Entrad en ella, echadle un vistazo, y veréis cómo os atrapa igual que hizo conmigo.
Estoy casi seguro de que no tendréis más remedio que darme la razón.

En un gesto de grandeza, un buen día me anunció, sin darle importancia, que me había nombrado "Tranviario de servicio".

El mejor título que he recibido hasta ahora.





No me resisto a colgar aquí un poema suyo donde esa palabra aparece:

Canción triste de cabaret

A menudo me veían pasear
junto al río y mirar hacia la ciudad
con tristeza. Sólo esas aguas,
sólo un aire verdoso en los días limpios
sustituía el temblor de una mirada
al cobijarse entre las manos.
Regresaba en tranvía al oscurecer
ajeno por la babia de escaparates
iluminados. Descendimos
en silencio los cinco eternos rellanos,
te diste la vuelta al llegar al portal,
ya nunca más olvidaré esas palabras:
Olha, rapaz, en não acredito
no amor, mas apenas nos corpos.


(De Alfama, Víctor Orenga, Ed. 1987)




Imagénes:
Javier Fernández de Molina.
Tranviarios de servicio.
Fotograma de
La vida por delante (1958).