domingo, 30 de octubre de 2011

Montaña rusa


Con la absurda idea de que así les daba una sustancia que nunca tendrían (“De donde no hay no se puede sacar”, sentencia la máxima popular con acierto), adornaba su pensamiento y su discurso con toda clase de piruetas y tirabuzones verbales.
Igual que las montañas rusas en los parques de atracciones: mucha velocidad y estruendo para terminar, al cabo, exhausto y sudoroso en el lugar de siempre sin haber avanzado ni un ápice hacia ningún sitio, condenado a repetir inútilmente un trayecto en espiral que no lleva a ninguna otra parte que no sea el punto de partida. Una vez tras otra.
Y para más inri, aburriendo a los pasajeros, sin ninguna gana ya de repetir el viaje.

sábado, 29 de octubre de 2011

Barquillos


Me acuerdo de que el hombre de los barquillos -con sabor a canela y limón- guardaba sus obleas en un bidón niquelado, o rojo, o verde.
En la parte superior, una especie de ruleta repartía, previo pago, la suerte entre el corro de hambrientos y pedigüeños.

¡Al rico barquillo de canela para el nene y la nena, son de coco y valen poco, son de menta y alimentan, de vainilla ¡que maravilla!, y de limón qué ricos, qué ricos, qué ricos que son!

viernes, 28 de octubre de 2011

Más de Siltolá


Al igual que en la Marina de Guerra hay una clasificación de las naves que la componen (acorazados, destructores, cruceros, portaaviones, dragaminas, fragatas…), La Isla de Siltolá tiene su propia flotilla poética y literaria con sus nombres airosos y marineros: Levante, Arrecifes, Vela de Gavia…

Al mando y por orden de su almirante, Javier Sánchez Menéndez, ayer arribaron varias de esas naves librescas al puerto de mi buzón, que las acogió alborozado y feliz: en el registro del puerto quedaron anotados sus nombres: el "drama teológico" Caín, de Lord Byron, en versión de José Luis Piquero; el ensayo Tan bella, tan cerca, de José Manuel Mora Fandos; la novela epistolar Inma la estrecha no quiere mi amor, de Diego Vaya; Las noches de verano, segunda entrega de los Inklings, de José Luis García Martín, y los libros de poemas Arrojar piedras, de Javier Pérez Walias; Quietud, de Sergio Fernández Salvador; La ciudad gris, de Toni Montesinos Gilbert, y Cantigas y cárceles, de Juan Manuel Macías, este último en la bellísima colección Siltolá Poesía.

Y hay más naves surcando venturosas las aguas de la isla: a modo de ejemplos, y en la colección Álogos, dedicada a publicar selecciones de entradas de blogs, Escribir la lectura, de Tomás Rodríguez Reyes, o Cúpulas y capiteles, de José María Jurado, dos jóvenes y rigurosos escritores muy a tener en cuenta.
O Dimensión de la frontera, la segunda entrega poética del aún más joven Álex Chico, placentino en Barcelona.

Ya se ha comentado aquí el celo y buen gusto con que estos libros están hechos: a la vista de este generoso lote no puedo más que reafirmarme en mi opinión: Siltolá es una de las editoriales que con mejor gusto y criterio -un criterio abierto y plural, tan necesario como enriquecedor- publica.
Esto, que tan obvio parece, tan de sentido común, se da con menos frecuencia de la que debería en el mundo editorial.
Y esa es la buena labor de un editor que se precie. Como es el caso.

jueves, 27 de octubre de 2011

Nunca nos atrevimos



Excepto fines de semana, festivos y vacaciones, nos veíamos todos los días, a la misma hora, en el mismo sitio.
Permanecíamos sin hablarnos nunca, a veces casi codo con codo, a veces a distancia.
Tiritando de frío o sudando la gota gorda cruzábamos fugaces miradas, leves roces con las yemas de los dedos, guiños minúsculos que sólo nosotros entendíamos y éramos capaces de descifrar, complicidades que procurábamos ocultar a la suspicacia y maledicencia de los demás.
Una extraña sensación a la que nos sentíamos incapaces de ponerle nombre.
Y así día tras día, mes tras mes, año tras año.
Tuve la certeza de que me había enamorado de ella cuando la cambiaron de ruta como conductora de mi autobús.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Negro


Negro


en el anciano que fuma a sabiendas el último pitillo,
en la resignación de las bestias de tiro,
en el pecho del náufrago suplicante,
en las uñas del carbonero y el impresor,
en el equipaje de quien camina hacia el destierro,
en el niño atropellado con su bicicleta,
en la corola de la flor del pensamiento,
según el destello de la hulla.

martes, 25 de octubre de 2011

Mi otro yo


El otro día, por la calle, me vi envuelto en una de esas escenas bufas en las que a uno, actor involuntario y sufrido de la misma, se le pone cara de tonto sin remedio: alguien a quien apenas conozco, y que tampoco debe de conocerle muy bien a él, se empeñó, y aun se emperró, en confundirme con mi peor enemigo.
A pesar de mis amagos e intentos por demostrarle que yo no era quien él pretendía, el tipo no me dejaba meter baza en su verborrea y se obstinaba en el error con una cerrazón digna de mejor causa.
Me quedé perplejo, sin saber con exactitud qué decir ni cómo reaccionar ante la situación, una situación absolutamente chocante para mí hasta ese momento.
Con cara de tonto, ya digo.
Pero lo cierto es que desde entonces no dejo de pensar en el equívoco, de darle vueltas al asunto, de preguntarme a cuento de qué la confusión, cuáles serán las similitudes o actitudes que, a ojos de otros, guardo con él, el innombrable.
Y tengo un poco de miedo, lo confieso, de que el citado equívoco tenga visos de ser cierto, de que yo sea, mal que me pese, si no igual, semejante a mi enemigo.
Y de que a partir de ahora tenga otro motivo más para detestarme.

lunes, 24 de octubre de 2011

Casi noviembre


Según la firmeza del soporte, así la carga que aguante sin venirse abajo de improviso.
Aunque a veces llegue a sorprender cuánto peso puede aguantar un hombre.


Los brazos adquieren su pleno sentido, su mejor utilidad, cuando les pones una a por delante.


Cuando lo indigno se convierte en lo normal, agárrate los machos: malos tiempos.


Cree con total firmeza que sólo es importante lo que él ve. Ciego.


No te alegres en exceso cuando la suerte te haga la corte; eso es que quiere algo de ti.


Acabo de caer en la cuenta de que por mucho y bien que me oculte, siempre, por un camino u otro, termino por encontrarme, las más de las veces temblando de miedo.
O sea, que sobre torpe, culpable y miedoso.


Mientras dormimos, el mundo descansa de nosotros.


Si no fuéramos absurdos y pasionales de vez en cuando, vivir no sería más que un acto burócrata.


La luctuosa seriedad de los cipreses.


En la vida de todo hombre hay un poema cualquiera que está escrito para él, que habla de él.
Aunque sea en una lengua que ni conoce, ni comprende.


Escribía de manera tan descarnada que al acabar cualquier texto tenía que examinarse al detalle para ver si seguía al completo.

viernes, 21 de octubre de 2011

Mutaciones


1. De golpe y porrazo, sin pensar demasiado en las consecuencias ni entrar en otras consideraciones ni zarandajas, he resuelto convertirme en un animal de sangre fría: un batracio, un pez, un reptil, un insecto elegante y letal con su exoesqueleto de brillantes colores…
Al tomar conciencia de mis actos, de los actos de la especie a la que pertenezco por natura, “se me ha helado la sangre”, como suele decirse a la ligera.
Y es que, tal y como actuamos de común, viendo y sabiendo de qué manera llevamos a cabo nuestras maldades, analizando qué clase de atrocidades somos capaces de cometer para satisfacer nuestros más infames anhelos, hay que ser de hielo para no despreciarnos de continuo a nosotros mismos.
Conque, a ver, decidme, ¿qué otra cosa podía hacer más que defenderme de esta lacra moral convirtiéndome en un ejemplar de alguna de esas otras especies, con sus actos bien definidos y sin dobleces, sin esa maldad nustra siempre al acecho, sin ese lastre existencial de la conciencia?
Las otras dos opciones que barajé más seriamente fueron el sarcasmo -una de las formas más lesivas del lenguaje y el pensamiento- o el suicidio -la última opción de los desesperados y los valientes-.
Ninguna me convencía del todo.
Decidido: sangre fía de aquí en adelante.



* * * * *

2. Tras el tiempo preciso de incubación, el pollito rompió el cascarón de un recio puñetazo y emergió de su encierro dispuesto a comerse el mundo a dentelladas.
Engañosamente precioso y delicado, piaba y piaba incansable exigiendo su alimento a gritos mientras mamá gallina se esforzaba con desesperación y sin resultados, acobardada frente al ímpetu inflexible de su energúmeno pimpollo, para que le subiera la leche a los pechos recién estrenados.

jueves, 20 de octubre de 2011

Atestado cañí


La pareja de la guardia civil aparece en el lugar del accidente. El mando al mando, flemático y profesional ante el sangriento panorama, y tras echar un somero vistazo, empieza a dictar el informe:
-Anote, cabo: Cabeza de varón adulto seccionada del tronco y localizada en arcén derecho de la calzada. Cuerpo de mu…
El cabo le interrumpe: -Mi sargento, ¿arcén… es con hache o sin hache? -pregunta.
El sargento lo piensa un momento, se rasca la cabeza, vuelve a encasquetarse la gorra, le da una patada a la cabeza, que se pone a rodar cuesta abajo, y responde: -Pon cuneta.

martes, 18 de octubre de 2011

Digamos que un invierno en el norte



La mañana se aturde bajo el rigor abstracto del frío.
Estallan como el cristal las hojas oscuras de los plátanos.
Leo a Poe por las calles húmedas.
Bebo coñac sintiendo en la nuca
la mirada hostil de los parroquianos.
Regreso a casa y siento deseos de llorar.
Inicio otro poema inconcluso.

El algodón no engaña (14)

Con Fanta da gusto tener sed.


Leche, cacao, avellanas y azúcar… No-ci-lla.



Desde luego, Corberó.


lunes, 17 de octubre de 2011

Mordiscos


El ladrido de los perros establece caminos entre la niebla.


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Por mucho que los trates a cuerpo de rey, por más que los alimentes bien y les prodigues toda clase de cuidados y atenciones, en una rehala de podencos o mastines -cabe decir la gente con la que te relacionas de costumbre- siempre hay algún ejemplar (un macho viejo y resabiado, tal vez una hembra recién parida…) al que, sin que sepas por qué, ni haberle dado motivo, le caes fatal.
Y no tengas ninguna duda de que en cuanto se le presente la ocasión te lo hará notar con una buena tarascada, y hasta un mordisco en toda regla, por lo que te conviene averiguar cuanto antes cuál es el can desagradecido y tomar las medidas pertinentes con vistas a la evitación del daño.


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Muerto el perro, se acabó la rabia, decimos por costumbre, sin apreciar que en la frase misma que pronunciamos la rabia permanece.


Imagen: Julio Fuks

domingo, 16 de octubre de 2011

Gorrión


Ha tardado cincuenta y dos años en llegar, pero hoy ha sucedido por fin: un gorrión macho -con esa mancha oscura a modo de gorguera en el cuello como distintivo de su sexo- se me ha posado en el pie descalzo, y percibo sus uñitas en mi carne, el plumón suave y marrón con que se viste sobre mi piel.

Fascinado por su audacia y lo inédito de la situación, permanezco inmóvil, estatua de mí mismo, buscando prolongar el momento.


Me ha picoteado urgente y repetidamente en el empeine, acaso buscando algún mínimo resto comestible de ¿qué? y, rota la magia, que ha durado apenas unos segundos, se ha marchado, no volando, sino con esos saltitos nerviosos -a pesar de que se le veía tan tranquilo- tan característicos de su especie.


El café matutino en la terraza a la sombra traía un milagro de regalo.

sábado, 15 de octubre de 2011

13 notas



A veces me miro en el espejo con la secreta ilusión de ver a otro en el reflejo.

Aparta, miedo, le dije con un hilillo de voz, sobreponiéndome al miedo.

Recurrimos tanto a él, que el Olvido debe de estar ya hasta los topes, lleno de gente.

Cuando quiero llevar razón, guardo silencio.

La vida tiene la mala costumbre de pedirnos cuentas a trasmano, cuando peor nos viene.

Un verbo hecho como a propósito para el frío: arreciar.

Le dijeron bravo... y embistió.

El pedante camina siempre con el gesto huraño, con el ceño fruncido, con el rostro agrio: como si calzase unos zapatos un par de números más pequeños que el suyo.

Con la goma de la vejez borramos el antiguo apunte a lápiz de lo que íbamos a ser.

Exacta definición: el fallo del jurado.

En el mapa de mi memoria existen islas de hielo que se van hundiendo, y fundiendo, lentamente.

Frases que necesitan una buena mano de chapa y pintura.

¡Son tantos los momentos en que me siento apátrida de mí mismo!

viernes, 14 de octubre de 2011

Antonio en fragmentos



Hoy, a las 19.30 h., en la Librería Taiga, de Toledo, Antonio del Camino presenta sus Fragmentos de inventario. Hará de maestro de ceremonias Jesús Cobo.



Fragmentos... es un libro delicioso sobre la memoria, sobre una memoria que tantos lectores podrán compartir en sensaciones, en momentos ya recogidos en parte en su estupenda y variada bitácora Verbo y penumbra.
Un puñado de páginas donde se retratan los sueños del niño que Antonio fue, que sigue siendo, y en las que leemos precisas descripciones del entorno en que se movía -él, y tantos y tantos españolitos de la época-: la tienda de ultramarinos del barrio, los cines de verano, los primeros y clandestinos cigarrillos, los cromos y los afanes por completar la colección, la sorpresa de la nieve, las aventuras con los compinches cuando los niños vivíamos en la calle, aprendiendo a vivir.
Todo eso, y más, podréis encontrar en las cien páginas, en las treinta y cinco estampas y un soliloquio final de que consta este volumen.
Con una preciosa y enternecedora fotografía familiar en la portada, por cierto.

Y los que, por una simple cuestión generacional, no la compartan en sentido estricto, tendrán la suerte de acercarse a una prosa exquisita, exenta de esa retórica cargante con la que muchos escritores gustan de adornarse y con la que en tantas ocasiones no hacen más que espantar a los lectores. No es este el caso, sino todo lo contrario: la fluidez y claridad en la escritura de estas memorias os irán llevando de la mano, estampa tras estampa, página tras página, hasta la feliz conclusión de la travesía de un libro que a mí se me ha hecho demasiado breve. Breve, sí: porque me hubiera gustado seguir leyendo algunas más de esas historias que, como estos fotogramas literarios, a buen seguro que Antonio aún guarda en la recámara de su memoria.

Antonio es uno de los regalos vitales que me ha traído este escaparate de los blogs -tan torre de marfil muchas veces, tan impúdico otras-, un cómplice generoso y amable desde el momento en que empezamos a leernos mutuamente y nos echamos la vista encima.

Decía Miguel Torga, el gran escritor portugués, que “un hombre es la juventud que queda dentro de él”. Y como digo yo, “cuando pierdes la memoria, dejas de ser”. Porque es la memoria la que tiene la facultad de hacernos volver a ella, a seguir siendo.

Cuando es tan hermosa como esta que Antonio nos brinda, merece la pena acercarse a ella con los brazos abiertos y el ánimo dispuesto al goce.





¿El chico de la foto?: Antonio, claro.

jueves, 13 de octubre de 2011

Amigos (exposición y presentación)


Hoy, a las 20h. Pablo Pámpano Vaca inaugura en la Sala de Exposiciones Hacienda Santa Ana, de Tomares (Sevilla) una exposición de su obra gráfica, en especial la relacionada con proyectos de la editorial La Isla de Siltolá (Plaza de toros, Poesía para niños... ) y otros trabajos también estrechamente relacionados con la poesía y la edición.
Durante la inauguración de la misma, se presentará el libro Una aproximación al desconcierto, de Javier Sánchez Menéndez, que leerá algunos de los poemas en él recogidos.
Como presentador de lujo, José María Jurado.

La exposición permanecerá abierta al público hasta el próximo 6 de noviembre.
No os lo perdáis.

Un poema de Emilia Oliva


Como el árbol que se pierde
al fondo, entre la niebla
se desdibujan nuestros rostros
y el follaje que fuimos

apenas si recuerdas las palabras
que reescribieron el mundo aquellos días
donde todo era posible

doblado contra el viento
con la marca de innumerables vendavales
aún resistes
rememoras
inventas un rincón de luz
donde el tiempo se congela
como en la fotografía

afinados con el mismo diapasón
¿recuerdas?

después supimos
que sólo tocamos de oídas

(De Quien habita el fondo, IX Premio Internacional de Poesía
“León Felipe”, Ed. CELYA, Toledo 2011).

miércoles, 12 de octubre de 2011

Paisanaje (18) José María


El “Chemari”, que ya desde chiquinino era un culo inquieto, una mosca cojonera, un puto rabo de lagartija, salió una tarde de casa poco antes de entrar en quintas (-Voy a dar un garbeo antes de la cena -dicen que dijo), y ya no hubo forma de encontrarlo: desapareció del mapa, se borró del censo, adiós muy buenas, ahí os quedáis, panolis.

¡Joder con el paseíto! Ni la Interpol dio con él, no te digo más. Y mira que rebuscaron por los siete mares y los cinco continentes, que estos tíos cuando se ponen a lo suyo se lo toman en serio de cojones y echan el resto en las pesquisas. No como otros que yo me sé y que van de verde y con tricornio, con capote y mosquetón. Y no me gusta señalar.

Cuando, a la vuelta de los años -ya fiambres la Filo y el Eusebio, los pobres, que yo creo que la diñaron antes de tiempo por el disgusto y el sofocón que se cogieron con lo de la fuga del retoño-, regresó al pueblo por sorpresa vestido de la guisa de los indianos antiguos (traje de lino blanco crudo, zapatos rejilla de dos colores, sombrero panamá con cintillo marrón, bastón de caña… que parecía un colibrí), se le había pasao de largo el tiempo de la mili, y como ésta ya se había suprimío en virtud de una ley, votada, me parece recordar que de forma unánime, ver para creer, el paseante de antaño salió limpio de polvo y paja del cargo de prófugo, más contento el tío que unas castañuelas, cantando habaneras y boleros, silbando cumbias y valsecitos, tarareando danzones y vallenatos, bailando tangazos y chacareras... En fin, todo el repertorio musical al compelto de nuestros colegas de allende los mares y como choteándose a lo fino de los quintos que no pudieron escaquearse a tiempo de la caja de reclutas.

Él se las daba de listo e iba paseando la percha más chulo que un ocho al revés, luciendo palmito, mirándonos por encima del hombro porque se había hecho una fortunita mu apañá en ultramar, aunque nunca supimos gracias a qué oscuros negocios. Así que alardeaba de lo lindo en un intento infructuoso de que olvidarámos que de chico se comía los mocos pa merendar y se quitaba los piojos a puñaos

Pero en este pueblo, "Chemari", le dijimos, pa que te vayas enterando, el que no ha hecho la mili en Artillería o en Regulares (o en la PM, vale, Ramón, no des más la vara, que mira que eres pesao con el temita, coño) no es un hombre de verdad, con lo que hay que tener. Aquí, pa que lo sepas, el género con barba (dejando aparte a la Pruden, ésa no cuenta aunque también se afeite día sí día no) se divide entre los de Artillería, primero, los de Regulares después, y los que no. ¿La Marina y la Aviación, dices? Quita, hombre, eso no es mili ni es : un año en barbecho para niños de papá, una beca de estudios, ni chicha ni limoná, ni fú ni fá. Vamos, lo que viene siendo una mariconada.

Pero a lo que íbamos: la indumentaria tropical y las equívocas maneras del “Chemari”. Al principio dio el pego, no voy a decir que no, a qué negar lo evidente: las mocitas y solteranas, las viudas y las casás insatisfechas -y algún seminarista que otro de vocación indecisa- suspirando por las esquinas, rondando su reja florida y haciéndose cruces por su elegancia caribeña, por su mirada lánguida, por sus exquisitos modales en la mesa (él, que partía las nueces a cabezazos y mataba las ranas a mordiscos cuando mocoso) y en el trato -mucho mantel y vajilla, mucho besamanos y genuflexión, mucho por favor y disculpe, mucho me permite y faltaría más…-. Pero espérate, querido, a que llegue octubre, a que sople una semanita el vientecillo ese del norte que parece que no pero que sí, que parece que se va pero que vuelve, y te vas a enterar tú de lo que vale un peine: te vas a comer el panamá con papas. Y el bastoncillo marica lo vas a utilizar de astillas pa la chimenea.
Por aquí somos (-"Que parece que se te ha olvidao con tanto trópico y bañador" -le dijimos también) más de gorrilla de pana y boina sin capar. O de pasamontañas de lana, que abriga de lo lindo y le da contento a las orejas, el mejor remedio jamás conocío pa prevenir los sabañones. O de estar de palique al amor de su buena lumbre de encina y sarmientos, echando unos cigarros, pegándole al porrón unos tientos largos y tranquilos pa pasar el pestorejo y las morcillas. Y no por vicio, eh, no, no: más que na, por aquello de calibrar la graduación de la pitarra y el aliño de la matanza pa darle el visto bueno.

Bueno, sigo con la crónica que se me va el santo al cielo: la cosa es que se presentó con la tontuna de que le tratáramos de don: Don José María, quería que le llamásemos, así, de buenas a primeras y sin anestesia. Y con mayúscula en el don, con recochineo del fino, toma castaña y átame esa mosca por el rabo que a mí me da la risa. Al principio, claro, nos partimos el culo con la tontuna ultramarina. ¡A quién se le ocurre! Pero cuando empezó a dar el coñazo de mala manera, que el tío hablaba en serio, tuvimos que ponerle en su sitio y dejárselo pero bien clarito:


-Ese don, “Chemari” -le dijimos cuando empezó a tocarnos los bolondros más de la cuenta con el asunto-, entérate ya, cojones, hay que ganárselo a pulso. Y los que tocaban en el pueblo ya están tos adjudicaos: el alcalde, el páter, el notario, el maestro… No lo tiene ni el comandante de puesto. Como pa irlos repartiendo al primer imbécil que lo pida por su cara bonita. Así que ya te puedes figurar por dónde nos pasamos tu pretensión. -Amos, hombre… Tú estás tonto -le dijimos.
¡Ay, Señor, Señor, cuánta gilipollez y disparate, hay que ver cómo es la gente! Cada vez que me acuerdo del careto que se le quedó al figurín con la respuesta se me afloja la vejiga. Que me meo de la risa, vamos.

Y cómo hablaba, por favor, qué lenguaje más sospechoso: que si querido por aquí, que si cariño por allá, que si encanto por acullá…
-Sírveme un ronsito, mi amol -le espetó al Tomás, de entrada y en frío, la primera vez que pisó la tasca. Al Tomás, cuando oyó lo de mi amol, se le pusieron los ojos como dos platos bajeros llenos de salsa picante. Cogió tal rebote con la frasecita y el tonillo con que fue dicha, que saltó de sopetón por encima del mostrador bufando como un tractor con el remolque a tope de remolachas por la Cuesta de las Pozas, y más que dispuesto a sacarlo a hostias del local o medirle las costillas a base de bien con la picha de toro que escondía junto a las garrafas de vino y las bolsas con los panchitos. Menos mal que anduvimos prestos y entre unos cuantos pudimos agarrarlo hasta que se le pasó el cabreo, que a puntito estuvimos de tener un disgusto de los gordos. Y tampoco era cuestión que por una tontería como esa nos cerraran el bar. Ahí donde lo ves, cuidaíto con el Tomás, no te creas: que parece un retaquillo y una mosquita muerta, pero cuando se enciende… ojito con él.

El “Chemari”, entretanto, sonreía displicente junto la puerta esperando la entrega del mandao y la resolución del esperpento, aunque ojo avizor, y dispuesto, por si venían mal dadas, a poner pies en polvorosa en caso de que el mesonero se nos escapara. La cosa, al cabo, quedó en humo de pajas y no hubo que lamentar ninguna desgracia digna de reseñar, pero ya te digo que faltó esto pa que el mesonero le pusiera la cara en la nuca de un revés o le midiera los lomos a conciencia con el vergajo.

Cada vez que lo veía aparecer por su negocio, el tío cogía un mosqueo de tres pares y procuraba no darle mucho la espalda, el culo siempre bien arrimao a la pared o el mostrador en cuanto el “Chemari” entraba en el local… No le perdía de vista ni pa despedirse. Ni volvió, que sepamos nosotros, a dirigirle la palabra como no fuera pa pedirle el monto de las consumiciones. Género fino, eh, eso sí: ginebra Bombay, ron añejo, vino de Oporto, whisky de malta, el pippermint o el Marie Brizard para las señoras que se dejaban invitar…. Que ahí el “Chemari” no escatimaba, las cosas como son. Se conoce que venía bien acostumbrao de las islas en la cosa del bebercio.

Porque en lo demás, vaya que vaya; pero en lo tocante al parné, el Tomás no le pasaba ni una a dios bendito: el “Hoy no se fía, mañana sí”, que colgaba como aviso en un azulejo mugriento y cagado con saña por generaciones y generaciones de moscas, era ley para él: como un juramento de sangre, como una promesa hecha a la madre en su lecho de muerte.

Al “Chemari” se le hizo tal vacío en el pueblo por su displicencia y tendencias poco claras, que acabó por no salir (tal que anacoreta de su cueva, tal que topo de su galería, tal que reo con la perpetua...) de la casona que se construyó en la falda del monte.

Vamos, hombre, menudas ínfulas, habrase visto.
Pues con tu pan te las comas, don “Chemari”.

martes, 11 de octubre de 2011

Piratas


Ni todo el oro del mundo,
ni mil barricas de ron.

No sé si mi fin es la horca,
o seré pasado por la quilla.

Bajo un pendón de tibias y calavera,
el sol azota mi rostro
y el salitre mi espalda.

Aunque ella lo ignora todavía,
navego, firme el timón,
a destruir Maracaibo.

lunes, 10 de octubre de 2011

Caballo del fin de año


La historia de este caballo es también conocida en muchos lugares como la Leyenda del fin de año, y fue un viejo -del que apenas recuerdo nada, a no ser su voz, estropajosa por el alcohol y los muchos años- quien me la contó, una noche en que me hallaba más ocioso que de costumbre y dejaba pasar el tiempo en una de las tabernas de la capital. Decía así: hace ya mucho tiempo, en cierta tribu de las marismas, el hechicero tenía por costumbre reunir a todos sus vecinos en torno al fuego y celebrar con ellos el fin de año; con este motivo extraía de la nada y modelaba, con la sola ayuda de su voz, las formas de un caballo de insuperable blancura y belleza: con un susurro las crines, con un golpe de lengua los cascos, con un silbido el hocico. Luego, uno por uno, los habitantes del pueblo debían subirse a la grupa y cabalgarlo sin miedo por las marismas. Nadie podía negarse; mas si alguien gritaba, ya fuera por miedo o por placer, el caballo desaparecía en el aire, arrojando a su jinete a la helada grisura del fango: una desaparición súbita, irremediable, como un espejo roto en mil pedazos.
Pero era también un mal presagio, y un insulto a la sabiduría del hechicero. En pago por su error, el jinete era expulsado del pueblo y condenado a vagar en silencio por las marismas durante un año, tras el cual, como en un espejismo, regresaba a lomos del caballo que él mismo había hecho desaparecer y que ahora, ya expiada su culpa, entregaba de nuevo al hechicero, como prenda de la más completa humildad y reconocimiento.

Jordi Doce

domingo, 9 de octubre de 2011

3 soleares


Para Juan Antonio González Romano

No digas que me has querido
si tienes vergüenza ahora
de que te vean conmigo.


A las rosas de tu pecho
yo les cuento las espinas
que se me clavan por dentro.



Por las esquinas del aire
van tropezando mis besos
con las piedras de tu calle.

sábado, 8 de octubre de 2011

Félix Romeo (1968 - 2011)


Está visto que la vida, incluyendo en ella a la muerte, conspira, incansable y artera, a nuestras espaldas: ayer, que me las prometía tan felices, recibo un correo desolador de mi querido José Luis Melero, dándome cuenta de la muerte fulminante de Félix Romeo, uno de sus amigos del alma. Para los que ya hemos pasado -y a estas alturas de la vida ¿quién no lo hecho?- por ese trance de perder a alguien tan querido y de convertirnos en huérfanos raros para siempre, recibir estas noticias nos reaviva cruelmente el dolor, como si alguien hurgase en una herida que sabes ahí y que nunca se cerrará del todo. Un dolor que se sufre por partida doble: por el recuerdo del propio amigo desaparecido y por el sufrimiento que estará padeciendo también este otro amigo que nos comunica su terrible pérdida.

Hay una foto de Félix Romeo Pescador -y ahora, mientras tecleo estas líneas se me ocurre que esos apellidos suyos se podrían traducir por enamorado de los peces-, que siempre me ha gustado mucho. Con ese gorro de lana encasquetado en su poderosa y lúcida cabeza, con ese aspecto bonachón de alguien con quien te irías sin dudar a tomarte unas cervezas para acabar la noche con la lengua incierta y un festival de abrazos, con esa mirada tierna y escéptica a la vez, con esa barba montaraz e insumisa, tiene toda la pinta de un marinero salido de algún relato de Conrad o Melville, un baqueteado lobo de mar de vuelta ya de sus navegaciones, regresado ahora tierra adentro en busca de afectos más cercanos y abarcables, y dispuesto a contar las veces que haga falta sus fortunas y adversidades a una parroquia de asombrados. Y si con su poquito de exageración, mejor. Que una mentirijilla bien narrada no le hace mal a nadie y añade sal a la fábula.

La tristeza sentida en la voz de José Luis cuando le llamé para darle un cálido abrazo desde esta distancia, se me traspasó en un instante. E imagino también la de otros amigos suyos que también lo son míos. Antón Castro, por ejemplo, alguien de la misma talla moral y humana (acabo de ver un vídeo en el que ambos conversan sobre la última novela de Félix, “Amarillo”, un texto donde la amistad y la pérdida son el alma de la misma). O Cristina Grande, que tanto lo quiso y que le dedicó su primer y espléndido libro, "La novia parapente". Pero no tuve fuerzas para llamar a nadie más. Ojalá que José Luis les haya transmitido también mi abrazo.

Estaban, él y otros amigos, de "velada etílica", aliviándose mutuamente de esa gélida y enorme herida de la muerte, algo que, a tenor de lo que contaban quienes le conocían de cerca, le hubiera encantado a Félix.
Ahora me duele su súbita ausencia tanto como si lo hubiera conocido.

Un gran abrazo, amigos.

Larga vida en su memoria, Félix.

viernes, 7 de octubre de 2011

Otoño


Es en el otoño, con ese color tabaco de las hojas caídas en el suelo, donde de verdad empiezan a brotar los aromas de la primavera.


Sentarse en el otoño, en estos días dispersos, al pie de un árbol desnudo, la espalda apoyada en el tronco y esperar, esperar con la paciencia de las estaciones, a que florezca o se derrumbe.
Como mi vida, como la vida misma.

 

Ese árbol orgulloso de su otoño, desnudo aún en plena primavera.

jueves, 6 de octubre de 2011

Decentes


Querido amigo:

Tras manifestar mi vehemente y sincero deseo de que tú y los tuyos gocéis de la salud y prosperidad que sabes os deseo, paso sin más a exponerte el motivo de la presente.


Lejos de mí la intención de molestarte más de lo necesario -sé de tus múltiples ocupaciones y tareas- con estas líneas que acaso juzgues innecesarias cuando no impertinentes. Pero mi confianza contigo me impele a preguntarte con franqueza sobre cierto asunto para, si te es posible y no te causa mayor trastorno, que me saques de la duda: ha llegado hasta mis oídos un inquietante rumor acerca de tu persona que me tiene en trance de desazón desde que me enteré del mismo.
Por ir al grano y no enredarme más de la cuenta en esa retórica pueril, en esos vericuetos argumentales que tantos sinsabores me han reportado y a los que tú, mejor que nadie, sabes que soy proclive: se dice que tienes trato periódico con una persona decente.

Y digo inquietante porque, según todos los indicios racionales, semejante ejemplo de ser humano fue dado por extinguido hace ya una pila de años. Por acotar el tema, podríamos convenir en que existe un consenso generalizado acerca de que el último de ellos acaso fuera el llamado Mahatma Gandhi, apóstol hindú de la resistencia pacífica frente a las injusticias y crueldades, pero esto de los nombres propios es una cuestión que podría llevarnos a desencuentros que no deseo -y menos que con nadie, contigo- y que, además, no suelen conducir a buen puerto, si no, antes bien, a todo lo contrario. No sería la primera vez. Ni, por desgracia, será la última. Y ya, caro amigo, ni fuerzas ni ganas tengo de entrar en polémicas inútiles por un asunto como este, en el que, como es bien sabido, cada cual tiene su propia e irreductible opinión.

En todo caso, si el rumor resultare cierto -y conociéndote como te conozco, tampoco sería algo que me extrañase en demasía-, abusando de tu confianza y amistad, te ruego encarecidamente que arregles un cita entre los tres y me lo presentes a no tardar. Prometo guardarte el secreto.
Tú mejor que nadie sabes que me queda poco tiempo de penar en este valle de lágrimas y que llevo toda la vida queriendo conocer a ese fenómeno de la naturaleza.
Tómate mi ruego, te lo ruego, como si fuera el último deseo de un condenado a muerte.

Quedo a la espera de tu pronta respuesta. Es urgente.

Un fuerte abrazo.



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Decente. ¿Cómo dice? ¿Quién? ¿Ese de ahí? Detenedle ahora mismo.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Biblioteca


philip roth me contó una vez el secreto de la muerte de su padre,
jorge manrique me contó una vez el secreto de la muerte de su padre,
raymond carver me contó una vez el secreto de la muerte de su padre

llovía en parís un aguacero cuando césar nos dejaba,
la palabra quinqué se asoma a la sima de agua de guillermo,
comí cebollas y moluscos con el glotón de neruda,
una infame turba entona cantos marineros en la pampa

empuñando un sable bucanero, burt lancaster
sigue burlándose de nosotros en la portada de un volumen,
el mágico mestre habla con rafael acerca de los oficios del sueño,
el rostro de lorca desaparece en cinco actos antes de que caiga el telón,
robinson crusoe interroga a calvino acerca de la autoridad y los desastres,
el exilio de hikmet sería otro poema de spoon river

cuando faulkner pasea a caballo matándose lentamente con el whisky,
los pájaros de marianne envejecen de tedio en las antillas de walcott,
cien haikus le desvelan a kafka el secreto de los cerezos,
y en los hospitales de ultramar un viejo gaviero,
el que amó a ilona bajo la lluvia,
desgrana monótono sus recuerdos de amor y guerra

mientras arden las pérdidas en otra patria,
por una extraña paradoja, con frío de vivir,
vidas minúsculas a salto de mata, animales
melancólicos caminan hacia el lugar de la derrota,
la memoria de la nieve avanza por la línea del horizonte

como una antigua cometa en las manos de los muchachos,
bajo el oscuro secreto de las cartas consulares,
el libro de los venenos sobrevuela las poéticas

siquiera en este refugio, por una oculta razón,
en todos ellos están impresas mis huellas dactilares,
uno cualquiera se acuesta conmigo todas las noches de mi vida

como un epitafio vivo y sereno
tres rosas amarillas se posan en la tumba de chejov

los perros ladran

lo demás es silencio

martes, 4 de octubre de 2011

Desván con duendes


la cuna de madera blanca donde mis hijas durmieron
ese disco en que los beatles cruzan sobre un paso de cebra
la mesa antigua de los veranos en la terraza
el cartapacio de cartón con los poemas del amigo muerto
el extraño papel de arroz para liar cigarrillos
un remoto y querido trofeo deportivo
el viejo tocadiscos herido de muerte y de silencio
las fotografías de cuando éramos jóvenes y hermosos
esas películas que nunca me canso de ver
los juguetes de lata y madera que huelen a niño llorando
apuntes escolares de cuando la caligrafía era otra
esos cuadernos aún en blanco de variados continentes
la lupa la pipa y la pluma de tinta sepia
algunos relojes de bolsillo y sus leontinas de plata

y ese libro
que un día acariciaste
con tus ojos y tus manos

lunes, 3 de octubre de 2011

Javier y su "desconcierto" en Zaragoza


Esta tarde, a las 20:00 h, en la Librería Antígona de Zaragoza, C/ Pedro Cerbuna, 25 (un saludo desde aquí a Julia y Pepito, estupendos libreros y anfitriones), Javier Sánchez Menéndez, poeta y editor, editor y poeta, presenta Una aproximación al desconcierto (SimLibros, 2011).

Lo hará acompañado de Olga Bernad, quien a buen seguro os acercará su mirada personal, sabia y cómplice, acerca de las claves de unos poemas reunidos tras quince años de silencio poético, un tiempo que Javier ha considerado necesario para decantar el lenguaje y el tono de los mismos; tono y lenguaje que podréis comprobar de manera fehaciente si tenéis el acierto de pasaros esta tarde por allí.

domingo, 2 de octubre de 2011

Cuñado, a


Cuñado, a. Excrecencia que se adhiere a una estirpe tras el himeneo de uno de sus componentes. Pocas veces bienvenido al círculo familiar de que se trate, la principal función o mayor utilidad de esta variedad de parásito en sus dos vertientes -semilla, receptáculo- viene dada como proveedor de vástagos, retoños, pimpollos… que renueven y perpetúen el árbol genealógico de dicho linaje.
En el terreno negativo de la relación (suponiendo que la utilidad citada sea algo positivo, lo que es mucho suponer), hay que situar en primer lugar su pericia y persistencia en dar la tabarra con temas insustanciales, añadida, por esto si fuera poco, a su insolvencia casi escandalosa en asuntos pecuniarios.
Cotilla y sablista, según el género, podrían ser dos sinónimos perfectamente aceptables en estos casos.

sábado, 1 de octubre de 2011

La cita


Me afeito, me ducho, me perfumo… Camisa y pantalón de lino crudo, zapatos y cinturón a juego… Reloj, anillo, pulsera…
Hay veces que quedo con mujeres y confieso que no me tomo tantas molestias en estar así de lustroso y presentable.
Pero es que hoy he quedado con la Literatura. Y convendréis conmigo en que el esfuerzo merece la pena; entre otras cosas porque no todos los días, aunque lo intente a menudo, dicho sea de paso, se cita uno con señora tan distinguida y principal.
Voy, como os podéis figurar, con toda la ilusión del mundo, un tanto inquieto y apocado al tiempo pensando en qué podrá salir de nuestro encuentro, si tendrá a bien o no el concederme sus favores. Y no es que mis pretensiones sean demasiado ambiciosas, uno es consciente de sus limitaciones en este terreno: ahora mismo me conformaría con un poema que no cojee, un relato medianamente armado, un artículo que no decaiga...
Camino de la floristería, que un ramo de flores en estas ocasiones nunca está de más y quedas siempre como un señor, empiezan a entrarme serias dudas sobre si dama tan alta acudirá por fin a la cita conmigo o se habrá largado por ahí, casquivana y caprichosa, con alguno de sus múltiples pretendientes, acaso más gallardos, talentosos y con más posibles que uno, dejándome, de nuevo, con un palmo de narices y la estima por los suelos.
Claro, que tampoco sería la primera vez ni tendría por qué extrañarme demasiado; porque ambas, ay, suelen darme calabazas a menudo.