lunes, 12 de noviembre de 2012

Escritores y escrituras (Pepe Melero)


Hoy voy a lamentar como pocas veces la cantidad de kilómetros que separan Extremadura de Aragón, Mérida de Zaragoza. Y es que desde que estuve en casa de José Luis Melero (Zaragoza, 1956) para conocerle, acompañado por ese embajador de los afectos que es Fernando Sanmartín -yo había ido a presentar mi libro El juego de la taba en “Los portadores de sueños” junto a Antón Castro-, y visitando de paso su espectacular biblioteca, nuestro contacto, epistolar y telefónico, libresco y cómplice, ha sido constante y amistoso; sin prisa pero sin pausa. Tal distancia física ha impedido de momento un nuevo encuentro personal.
Y de ahí mi lamento especial en el día de hoy.
Mas, parafraseando a aquel, “yo no he venido aquí a hablar de mi libro” sino del suyo: este Escritores y escrituras, editado con la belleza de siempre por Xordica Editorial y con una hermosa portada de Jorge Gay, que se presenta esta tarde a las 19:30 horas en el Teatro Principal de Zaragoza (C/ Coso, 57). Y lo hará acompañado, como no podía ser menos, por otros dos grandes: Luis Alegre e Ignacio Martínez de Pisón, compinches y, no obstante, amigos.
Escritores y escrituras recoge las columnas que Melero publica semanalmente en “Heraldo de Aragón”; columnas en las que, con su sapiencia y humor habituales, con su erudición exenta de pedantería, nos pone al corriente de las andanzas, de las venturas y desventuras de autores orillados de la literatura, nos desgrana anécdotas e historias en que se vieron envueltos escritores y artistas, muchos de ellos prácticamente desconocidos para el común de los mortales y hoy casi en el olvido. “Escritores preteridos por el canon y los manuales”, como bien dice la nota editorial que lo publicita.
José Luis Melero es muchas cosas: aparte de un magnífico escritor con una prosa amena y didáctica (“deleitar enseñando”, que se dice) -y ahí están, por ejemplo, Leer para contarlo, Los libros de la guerra o La vida de los libros (otra selección de sus columnas en Artes&Letras del “Heraldo”) para demostrarlo- y aragonesista ilustre, es también un tenaz investigador de estos asuntos que podríamos calificar con cierta retranca -tan mañica, por otra parte- como la “infantería y la logística” de la literatura. Pero es bien sabido que sin infantería y logística no hay batalla que se gane.
José Luis Melero -no quiero dejar de mencionarlo porque me consta de manera fehaciente- es también, y por añadidura, uno de los mejores bibliófilos de España (y un bibliófilo que lee con provecho, lo que no todos pueden decir en este gremio tan peculiar, tan resabiado, tan maniático…), amén de agitador cultural, tertuliano radiofónico, antólogo, pregonero, articulista, creador de revistas (Rolde, Crótalo…) y uno de los forofos más acérrimos y sufrientes del Real Zaragoza. Y por sobre todo esto, Pepe Melero es -y esto es algo reconocido por todos quienes tienen la suerte de tratarlo- amigo leal de sus amigos, acaso uno de los mejores destinos del hombre.
Yo, de vosotros, no dejaría de hacerme con este “librico” -como dice él con modestia-, con este Escritores y escrituras.
Como botón de muestra, y para abriros el apetito, nada mejor que copiar aquí uno de los textos del libro:

HERENCIAS
El escritor Enrique Gómez Carrillo y Raquel Meller se casaron en Biarritz en 1919 y aquel matrimonio sólo duró hasta 1922. En ese tiempo a Gómez Carrillo -que en realidad se llamaba Gómez Tible y era hijo de un comerciante de ultramarinos, por lo que Baroja lo llamaba “Gomeztible”- le dio tiempo a escribirle a su amada cupletista, en el viaje que hicieron de Londres a Buenos Aires, un librito, Confidencias, que firmó ella con su nombre sin pudor alguno. Lo fechó en julio de 1920 “a bordo del Reina Victoria” y es una pieza rara que tardé muchos años en encontrar. En 1926 nuestro “Gomeztible”, que era como todos saben un hombre de mundo y se pavoneaba de haber tenido en sus brazos a la mismísima Mata-Hari, contrajo nuevo matrimonio con la salvadoreña Consuelo Suncín, hija de terratenientes, caprichosa, excéntrica y voluptuosa, que, para no desentonar, sería amante, entre otros, de Rodolfo Valentino y José Vasconcelos. Aquella unión duró sólo once meses, pues Gómez Carrillo murió en 1927 dejándole a su viuda no poco dinero y una finca en la Costa Azul. La Suncín quería volar alto y quizá por ello se enamoró de Antoine de Saint-Exupéry, con quien se casaría en 1931. Durante 13 años, hasta la muerte del escritor y aviador en 1944, aquel matrimonio sufrió todos los vaivenes imaginables, que Consuelo relató en un libro de memorias -Memorias de una rosa- que no se publicaría hasta muchos años después de su muerte. A la herencia de Gómez Carrillo sumó Consuelo los derechos de El Principito, por lo que amasó una gran fortuna. Murió en 1979 y acabó heredándola quien había sido su chófer, mayordomo y jardinero, el español José Martínez Fructuoso, con quien al parecer también tuvo su correspondiente affaire. Si les hubieran dicho a “Gomeztible” y Saint Exupéry dónde iba a acabar su patrimonio, no se lo habrían creído.
(Publicado el 9-VI-2011)



Fotografía de José Luis Melero: Vicente Almazán

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