martes, 31 de enero de 2012

Bestiario de Rexroth


Ciervo

Los ciervos son tiernos y elegantes
Y tienen ojos bellos.
No hieren a nadie sino a sí mismos,
Los machos, y sólo por amor.
Los hombres han inventado varias
Miles de formas de matarlos.


León

El león es llamado el rey
De las bestias. Hoy en día hay
Casi tantos leones
En jaulas como fuera de ellas.
Si te ofrecen una corona, recházala.


Buitre

Santo Tomás de Aquino pensó
Que los buitres eran lesbianas
Fertilizadas por el viento.
Si buscas los hechos de la vida,
Los intelectuales papistas
Pueden ser de muy poco fiar.


Kenneth Rexroth
A bestiary (1956)

lunes, 30 de enero de 2012

Paisanaje (19) Mercedes



Una cuestión que me bulle en el magín, me persigue de continuo y casi casi no me deja reposo es la siguiente: ¿Vosotros os habéis preguntado alguna vez qué sería de nuestros pueblos y aldeas, de nuestras villas y ciudades sin esa figura señera y castiza de la cotilla, de la chismosa, de la correveidile? Pues ya os lo digo yo, no os canséis: que nos íbamos a aburrir como ostras en un acuario de juguete. Menos mal que aquí, en Cascajos de la Quinta (de la “quinta puñeta”, la prima del “quinto coño”, que dicen los malparíos de Porrones creyendo que tiene maldita la gracia), la tradición se mantiene firme y podemos presumir de una de las mejores de la comarca, cuando no de la provincia. Y no digo de la región pa que no me llaméis exagerao.

¿Qué sería de nosotros (me interrogo en mis soledades) sin los titánicos afanes de Mercedes, alias “La Prensa”, por mantenernos al corriente de asuntos que, si bien lo miras, nos importan un comino, pero sin los cuales, que así de contradictorios y puñeteros somos los humanos, nada sería lo mismo?

“La Prensa”, que a duras penas pudo acabar la primaria (o sea, que no se puede decir que tenga muchas luces), se erigió ella solita desde bien chica, sin que nadie se lo pidiera y siguiendo una tradición familiar que se remontaba a su tatarabuela (“De casta le viene al galgo”, que dice el refrán), en la investigadora y portavoz de cuanto suceso digno de mención - o no, que para el caso era lo mismo- aconteciese en nuestras calles y corrales, en nuestros comercios y minifundios, en nuestras alcobas y oficinas.


Mercedes Mochales Porrete, una pertinaz y muy digna representante de esa tradición oral de toda la vida (Sabes que… Oye, que me han dicho… Te has enterao de… Pues no que va y me dice…), añeja precursora del periodismo de investigación más chabacano y amarillista, también conocida como “la técnica de las tres ces”: cotilleo, chismorreo y chinchorreo.

Mira, la cosa va así, ahí van unos ejemplos pa que te quede claro: imagínate que tú compras unos olivos, vendes una cochina de cría, arriendas una parcela, te pillas un buga guapo, apalabras con el consuegro una boda o un bautizo… No sé, cosas normales, cotidianas, de andar por casa; pues antes de que vayas al registro, la sacristía o el concesionario de la capital ten por cuenta que ya está “La Prensa” voceándolo en tiendas, peluquerías, tabernas, colmaos, y demás negocios proclives al parloteo y la cháchara; que a ver cómo coño se entera la tía antes que nadie. Hay veces que parece medio bruja, o una vidente de esas que salen en las pelis, porque si no, no se entiende.

Y no digamos ya si le has dao una alegría reparadora y clandestina al cuerpo esperando que no se enterara tu marido o tu mujer: se relame con la perspectiva, la joía. Anda que no le dio juego ni ná, y, de paso, contento a nosotros, la escandalera con muerto de por medio del Manolito y la Pruden. Y el juicio. Y el fallo con la absolución.

“Por aquí, secretitos, los justos, que es de mala educación”, es su lema de batalla. Aunque puestos a buscar lo bueno que tiene el asunto, que algo bueno tendrá que tener, es que hoy te toca a ti pero mañana le tocará a otro. Y alguien tiene que hacerlo, nos guste o no, estemos o no de acuerdo, vamos, digo yo. Y que lo mismo le da esto que lo otro, aquello que lo de más allá, un dime que un direte. Por menuda y pueril que pueda parecer a simple vista, no te equivoques, amigo: cualquier cosa le vale a “La Prensa” como blanco y diana para ser puesta a caldo y en trance de despelleje: el traje de comunión del nieto de alguno (vaya mierda); la minifalda de la niña (un escándalo); la melena greñuda del imbécil del Cesáreo (valiente gamberro); la charca de purines (qué asco); el precio de las alubias (menudo robo); la moto nueva del vecino (a saber de dónde habrá sacao las perras el muerto de hambre ese)... Es que si no fuera por estas cosillas, esto sería un plomazo de no te menees.

Cierto es que pocas cosas hay (la romería de la Patrona, algún funeral señalao, el encierro de los toros… y para de contar) que unan tanto a vecinos y paisanos como lo que por estas tierras se denomina, con una cierta retranca, y en emulación del maestro Machado (don Antonio, que éste sí que es merecedor del don con toas las letras y por derecho propio), “los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa”. Pues “La Prensa”, con pelos y señales, del derecho y del revés, por arriba y por abajo, y por lo menos una semana antes, ya te cuenta cuál va a ser este año el vestío de la Virgen, el árbol genealógico del finao y la desgracia que lo llevó hasta el hoyo, o el hierro y la traza de los morlacos, que le quita toa la emoción. Como te lo cuento. Y no me preguntes cómo -ya te digo que tiene que ser medio bruja-, porque yo tampoco me lo explico, pero de tó se entera la jodía la primerita: Mata Hari, a su lao, una vulgar aficioná; el James Bond ese, un becario del montón; la Condesa de Romanones, una mindundi; Karla el enigmático, un párvulo con mocos... Estuvieron a puntito de ficharla los del Mossad, no te digo más.


Se la puede criticar, vale, que hay veces que se sienta a comer donde no le han dao cuchara o se pone un vestío que no es el suyo, pero lo que no se le puede negar es talento ni vocación. Porque hay que tener talento para sacarle punta por igual, y sin discriminar los temas, a los ricos menús de la Brígida, las andanzas nocturnas del sacristán (menudo pájaro) o el peculiar, por no decir fantasioso, parentesco entre el señor cura párroco y la lozana señorita con la que convive desde tiempo ha en la casa rectoral. Señorita, dicho sea de paso, que nos fue presentada cuando llegó como “Aquí, mi sobrina segunda”. Ya, ya, sobrina; sí, sí, segunda. Miau, miau, y requetemiau. A otro perro con ese hueso. ¡Ay, don Senén, don Senén!, que seremos brutos, pero no gilipollas, hombre, que no nos hemos caío de un guindo, ni nos chupamos el deo.

Volviendo a la Merche, que los asuntos del clero tienen mucho peligro; lo más sorprendente es su respuesta cuando le preguntamos por su empeño en meterse donde no la llaman, si no tiene miedo a que le aplaudan la cara en las dos direcciones (p´acá y p´allá) o le partan las piernas o, puestos ya en algo más gordo, que le peguen fuego a su casa con ella dentro y el candao en la puerta. La tía responde sin inmutarse que “asume el riesgo, que lo hace por nosotros, y en aras del sacrosanto derecho del ciudadano a una información veraz”. Veraz, dice la tía. Que lo pone en la Constitución y que para legal, legal, la hija de su madre. Y que si no nos gusta, ya sabemos el viejo remedio: ajo y agua, a joderse y a aguantarse, que a ella le da igual el orden porque no altera el producto. Y que no piensa tirar por la borda una tradición familiar de tanta solera “por los escrúpulos hipócritas de cuatro cantamañanas”. Ahí queda eso. Con dos ovarios como dos castillos y sin temblarle la voz.

-No nos olvidemos -afirma rematando la monserga cuando le cuestionamos sus métodos (y aquí se pone misteriosa de la muerte haciendo una pausa dramática) que la información es poder. Sí, poder joder a los demás cuando le salga del pepe, no te amuela la reportera intrépida.

La verdad es que la mayoría hacemos el paripé de sentirnos muy ofendidos, y a su derecho a esa “información veraz” que no se le despega de los labios como supremo argumento de sus cotilleos le oponemos, bien que con la boca pequeña y sin mucha convicción, el nuestro a la intimidad y la propia imagen.
-La cosa no está clara: al no haber jurisprudencia clara, y/o definitiva al respecto, no sabemos a ciencia cierta cuál de tales derechos prevalece sobre cuál -dictamina.
Que no piensa bajarse de la burra está claro, y además, aquí entre nos, y llegados a este punto crucial, yo creo, la verdad, que la tía tiene las de salirse con la suya. ¿Qué por qué digo esto, que parece que me pongo de su parte? Pues porque en el fondo todos llevamos un cotilla oculto, que sí, no pongas esa cara, "Bizco", que te lo digo yo, cojones; nos gusta, es más, nos encanta estar al cabo de la calle y que nos lo den todo masticao. Y eso ella lo hace como nadie, hay que reconocerlo. Hombre, bien es cierto que no todo el mundo se toma a buenas eso de que metan las narices en sus asuntos sin venir a cuento y menos sin haber dao motivo; que más de un sopapo y algún tirón de pelos se ha llevao por pregonar, pongamos por caso, el absurdo color y diseño de las bragas de alguna, o los calzones con “palomos” de otro, la impotencia de aquel o la ligereza de cascos de aquella.
-Porque vamos, Merche, coño -le digo yo cuando se tercia-: eso ya es vicio y mala leche, no me digas tú a mí.

Y en esas estamos y así pasamos el rato: que tú me levantas un falso, pues yo te mato al perro; que tú malmetes en mi contra, pues yo te parto la boca; que me ofendes a la madre, pues yo me cago en toa tu parentela pasada, presente y futura. O viceversa.
O como le dije en otra ocasión: -Ahora en serio, Merche, de verdad te lo digo: si te atreves con mi suegra, nos vamos las dos de compras un finde  a la capital. Yo invito.

Un toma y daca, que se dice.

domingo, 29 de enero de 2012

2 ladridos



Hay días en que me siento culpable hasta de la tristeza de los perros.


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Los perros, en invierno, ladran menos.

sábado, 28 de enero de 2012

3 aforismos en enero



Cuando te obligan a elegir una dirección, una de tus dos mitades se queda sin destino.

 

Los amores que fueron son como estrellas: muertos ya hace mucho tiempo, su luz nos sigue llegando a ráfagas, en las noches solitarias, cuando menos lo esperamos.


El canto de las ballenas contiene, al tiempo, el grito antiguo del dolor del mundo y la risa de una madre.



viernes, 27 de enero de 2012

De la política y sus actores


Políticos
El poder que les otorgamos con un pedazo de papel y que ellos, al igual que hábiles trileros y por arte de birlibirloque (nada por aquí, nada por allá, dónde está la bolita, dónde la dama de corazones…), tornan en lanzas contra nosotros a la primera ocasión que se les presenta a golpe y fuerza de decretos, prohibiciones, normas e impuestos.

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Rostros
Ni siquiera hace falta que abran la boca; no hay más que verles la cara que se les pone justo antes de empezar la perorata, para saber a ciencia cierta que nos van a mentir.
Otra vez.



Imágenes: El Roto

jueves, 26 de enero de 2012

Bibliófilos


Para José Luis Melero,
bibliófilo y, no obstante, amigo.

Se lo pregunté por las buenas aunque yo sabía de cierto que había sido él porque lo había visto con estos ojitos que Dios me ha dado.

Lo negó sin pestañear, mas con firmeza ofensiva.

Volví a preguntárselo, ya no de tan buen talante.

Se reafirmó en su rotunda negativa con una tozudez cuando menos insólita.

Antes de que profanara de nuevo este sagrado recinto, este sancta sanctorum de la cultura, este templo de la sabiduría con sus burdas mentiras, antes de que cometiera el sacrilegio de negar por tercera vez que me había robado aquella edición príncipe de la Biblia, le volqué encima el mueble castellano de roble con la Espasa, la Larousse y la Encyclopaedia Britannica completas.

miércoles, 25 de enero de 2012

Colinas en Sevilla


Mañana, jueves 26, se presenta en Sevilla, a las 19:30 h. y en la Casa del Libro, C/Velázquez, 8, el último libro de Antonio Colinas: Nuevos ensayos en libertad, publicado en la colección "Inklings" de La Isla de Siltolá.

Una magnífica oportunidad para acercarse a la obra de uno de los mejores poetas de los últimos años, en esta ocasión en su faceta ensayística, de la que ya dio buena muestra, por ejemplo, con El sentido primero de la palabra poética, donde pasaba revista a la manera de ver y hacer poesía, a su trato con la palabra de autores como Rilke, Pound, Machado o Paz, entre otros muchos, y donde también están presentes la música y la pintura, que son otras maneras de hacer poesía.

Presentará el acto Tomás Rodríguez Reyes, cuyo Escribir la lectura, tan buenos momentos y tan buenas enseñanzas me está proporcionando.

La res


Temblando, con el frontal partido por el marrón, por el marronero, cae sobre sus costillas, pesada como un mundo, la res. Cae con estrépito, de bruces sobre el cemento, balando al descuajarse su osamenta, ya sólo un pobre costillar enorme, ya sólo un pobre cuero y sangre, media tonelada de huesos astillados, hincados en toda esa vida temblorosa y atónita. Ahí se va alzando, como un pesado pingajo, atrapada por la pata por un gancho que le salta arriba, que la alza por el ojal abierto en el garrón de un cuchillazo en plena estupidez sentimental, en plena media tonelada de monstruoso dolor, incomprensible, absurdo, balando, plañidera y tonta, como un escarabajo que no piensa, mientras medita lentamente por qué duele tanto. Y por qué duele qué parte de quién, que es ella misma, la res, abierta al descuartizamiento atroz por todas partes, que nunca habían dolido y que eran tantas partes, tan extensas… Y que pastando nunca habían dolido: haciendo leche, esperma, músculos, crin y cuero y cornamenta viva, que eran la vida misma manando hacia sus adentros, vibrando tiernamente como un sol cálido hacia sus adentros… y nunca habían dolido.

Ya está colgada, las patas delanteras se enderezan, se endurecen y avanzan hacia adelante y hacia arriba, implorantes y fatalmente rígidas, rematadas en cortas pezuñas que hace un instante amasaban el barro del corral, el estiércol de otros cien balidos, dinosaurios del siglo de las máquinas, nacidos para morir de un marronazo.
Ahora ya es carne azul colgada en la heladera: Uruguay for export.

 
Aquella res, que murió de un marronazo, cayó y tembló todo el frigorífico. Aquella otra res, que recibió el marronazo en plena frente, de dos dedos de espesor, mientras entraba al tubo desconfiando porque allí no había pasto, alcanzó a comprender que había otra res delante, balando, que ya se llevaba el gancho. Y cayó detrás también, y el cemento tembló bajo esos huesos. 

Aquella otra res, que esquivó el marronazo y que cayó también, con un ojo reventado y una guampa partida, desecha, también cayó y tembló la tierra, tembló el marrón, tembló el marronero; la res murió temblando de dolor y de miedo, de un marronazo en plena frente, for export del Uruguay.

(De Guitarra negra)
Alfredo Zitarrosa

martes, 24 de enero de 2012

lunes, 23 de enero de 2012

La partida (2-3)


La partida (2)
En esta partida donde estamos derrotados de antemano que es la vida, el peón de las negras me engaña con la torre blanca mientras el alfil (el obispo) conspira con la reina a mis espaldas.
Y así no hay manera de ganar.

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La partida (3)
En una maniobra suicida, el caballo se lanza a derribar el enroque.
Y mientras el rey lo mata, el alfil que lo envió a la muerte trama venganza en una esquina.

Poema objeto: Jaque mate
Elías Moro

domingo, 22 de enero de 2012

Lamento del nómada solo


Dejé el hogar de mis mayores,
mi madre lloraba en la puerta.

Rapté las muchachas que quise
y forcé su amor hasta saciarme.

Mi ley no fue más que mi deseo,
no hubo paz donde yo estuviera.

El cielo es mi guía y mi techo,
mi mejor amigo, este caballo.

Ahora siento una soledad que me cercena
y no sé si habrá un lugar
para mí entre los muertos.

sábado, 21 de enero de 2012

Puentes


¡Qué tristes e inútiles se ven los puentes urbanos en esos momentos del día -a pleno sol, en la más completa oscuridad, bajo la lluvia o el viento…- en que nadie cruza por ellos!
Igual que animales extraños fuera de su sitio, respiran inquietos el hambre extraña de las ausencias, ese rastro -como de humo o de niebla, silencio y miedo flotando entre piedras- de pisadas ya idas o por venir.


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Hay puentes que más que para cruzar por ellos salvando el cauce de algún río, parecen estar hechos para apoyarse en sus pretiles y ver pasar el agua.
Simplemente eso: mirar cómo pasa el agua enfrascado en viejos recuerdos, planeando algo, fumando un cigarrillo bajo la atenta mirada de los patos o los cormoranes, oyendo el silbo del aire en el follaje de las orillas, siguiendo con la mirada el navegar de alguna barquilla de remos.
Si hay suerte.

Imagen: Alexander Kitaev

viernes, 20 de enero de 2012

Pipas y pandilla



Mi amigo Anacleto, que se daba un aire al torpón y sufrido agente secreto de tebeo con el mismo nombre, era huérfano de un minero que había muerto de silicosis. Creo que era natural de un pueblo de Jaén, me parece que La Carolina, no lo recuerdo bien. Su madre, la señora Ana, tenía la enfermedad del sueño. Las comadres del barrio, como si fueran entomólogas de postín, aeguraban taxativas que eso era porque seguro que le había picado la mosca tsé-tsé. Como si ellas hubieran visto muchas, no te digo. Si no sabían ni pronunciar bien el nombre. Serían las moscas o no, vaya usted a saber porque nunca hubo certeza al respecto, pero el caso es que tú estabas hablando con ella tan tranquilo y en un visto y no visto se dormía casi de golpe, como si lo hiciera a voluntad. A mí me daba un poco de miedo cuando le pasaba eso. Parecía morirse como a ratitos. Despertaba también de repente, con la mirada perdida y una especie de sobresalto impreciso en el rostro que ella domeñaba atusándose el pelo, prematuramente blanco a causa de su viudez imprevista, con un gesto coqueto. Pero nadie le daba mayor importancia a aquellos sueños repentinos, ni siquiera ella misma. Y al igual que dicen que no hay que hacer con los sonámbulos, tampoco nadie se atrevía a despertarla. Sería ya la costumbre. De nosotros, en cambio, se decía que éramos todo lo contrario: según la opinión popular, era seguro que teníamos el baile de san Vito o el diablo en el cuerpo porque no había manera de que nos estuviéramos quietos.

Anacleto tenía un hermano algo mayor, Ramón, que, junto con el de Manolo (a quien llamábamos "Barullo" porque se parecía como una gota de agua a otra a un personaje con ese apodo que salía en la tele), Julián, y el cabecilla (¿se llamaba Antonio?) del quinteto de tunantes de la señora Juana, formaban un triunvirato aparte que nos traía a mal traer en cuanto se les calentaba un poco la mollera, algo que de común ocurría un día sí y otro también. Zangolotinos contra mozancones, como dice un amigo mío de ahora. Conque no era de extrañar que los que iban inmediatamente detrás de nosotros en el escalafón de la infantería pobretona (el Sebas, el Juanito, el Manolín -que cantaba coplas imitando de manera bastante decorosa al entonces archifamoso Antonio Molina-, el Félix, el Marcelo…) pagasen el pato de nuestra frustración en cuanto les echábamos la vista encima y cometían la torpeza de ponerse a nuestro alcance. Nada particularmente grave tampoco: aquello de sacudirse estopa unos a otros se veía como una cosa natural, cotidiana, la ley del más fuerte en la pirámide de la vida haciendo de las suyas, Darwin en estado puro. Pero mientras no hubiera sangre… ancha es Castilla y aquí me las den todas. Eso sí: había que andarse con ojo, procurar no bajar la guardia y quitarse de en medio a escape en cuanto barruntábamos cerca a aquellos tres bigardos con pocas luces y perpetuas ganas de bronca.
Pero también es justo decir que si la pendencia era con los gañanes de las otras calles, la tríada feroz atendía de inmediato al ancestral llamado de los genes y la sangre y se sumaba a nuestra causa con un ardor guerrero que acojonaba un poco:


-Sin prisioneros, nenazas: sus y a ellos -nos jaleaban con brío y bélico lenguaje de tebeo (El Guerrero del Antifaz, El Jabato, El Capitán Trueno...) mientras, en cuanto tenían ocasión y en una demostración práctica de sus métodos, le atizaban una buena manita de hostias al primer infeliz que hubiera tenido la desgracia de caer en sus garras.

Anacleto estudiaba interno en un colegio de curas en Tarancón, provincia de Cuenca, región de Castilla la Nueva según los mapas de antaño. No me acuerdo de qué eclesiástica rama, si dominica o franciscana, si jesuita o agustina, si escolapia o benedictina. Bueno, qué mas da, en aquella época todas daban el mismo pavor. El caso es que la mayor parte de los frailes llevaban mala leche en la mochila para dar y regalar y sacaban la mano de paseo o la vara de arrear a las primeras de cambio. Mi compinche echaba pestes de ellos: acordarse de los curillas y calentársele la sin hueso era todo uno, los ponía como chupa de dómine, nunca mejor dicho. Me cago en la leche que mamaron esos cabrones era una de sus expresiones preferidas para referirse a ellos, así que ya os podéis figurar que lo que se dice mucho aprecio nos les tenía. Si queríamos verle de morros no teníamos más que mentar al padre Federico, o Conrado, o Martín, y el disparate verbal estaba asegurado. Esto del colegio de los curas lo apañó la señora Ana a través de la parroquia del barrio (y al ser huérfano el Anacleto aquello fue pan comido) para conseguir un poco de paz en su casa, porque el Anacleto era para ella como un dolor de muelas, igual que úlcera cabrona, tal que un puñetero sabañón.


Cuando venía de vacaciones en verano siempre traía en su maltrecho y pobretón equipaje una enorme bolsa de pipas. De cinco kilos. Gordas como piñones. Decía que se las regalaban a los alumnos que aprobaban el curso los dueños de una fábrica que había por allí. Sería por alguna promesa o penitencia de beatos. O para quitarse de encima como a lo tonto algún excedente a punto de caducar y ocupando sitio en el almacén y convertir de paso a los huerfanitos en involuntarios conejillos de indias. Aunque aquello del regalito en alianza con las notas académicas sonaba un poco raro, a mí que no me digan, porque el Anacleto no aprobó ni un curso completo mientras estuvo allí. Bueno, ni nunca que yo sepa, si a eso vamos. Nosotros estábamos seguros de que las mangaba en algún almacén. O que se las birlaba a algún compañero de infortunio algo lelo y poco atento a sus pertenencias. Cuestiones ambas que, por supuesto, faltaría más, nos la traían más bien floja. ¡Anda y que les dieran!

La verdad es que nos importaba una mierda de quién, cómo, de dónde o de qué ilícita manera las hubiera conseguido porque las pipas castellanas viejas estaban de escándalo, de rechupete, de aparta que voy, de toma pan y moja: cojonudas, vamos. Con el tueste y el calibres exactos; con sal y sin ella, según gustos; con la textura y sabor de una delicatesen. No he vuelto a comerlas iguales en toda mi vida. Nada que ver, por supuesto, ya les gustaría, con las que comprábamos o cogíamos prestadas sin permiso en el quiosco de las golosinas junto al cine o en la tienda para todo de la Conce, que parecían raquíticas en comparación con las semillas conquenses.

El mismo día de su llegada, después de desahogarse a gusto contra los "putos frailes" que le habían tocado en suerte y ponernos los pelos de punta con lo que nos contaba sobre ellos, nos sentábamos los cuatro (pantalón corto, camiseta de tirantes, sandalias o chancletas… el uniforme de combate de la muchachada en el estío del extrarradio) en el umbral de alguna de nuestras casas con el paquetón de pipas a los pies y dábamos comienzo al festín sin más demora ni zarandajas. Entre el tueste y la sal de las semillas, al rato de empezar con el condumio los labios y la lengua se nos ponían como cebollas reventonas. Y las yemas de los dedos, más negras que el alma de un bucanero o el calzoncillo de un preso en la celda de castigo. En un radio de dos o tres metros, y en un tiempo asombrosamente corto, la acera adyacente quedaba tapizada, como una alfombra crujiente y húmeda, como un césped extraño, de cáscaras pringosas de saliva que escupíamos a distancia. A ver quién llegaba más lejos. A la velocidad casi supersónica con que las engullíamos algunas de las pipas se escapaban enteras al escupirlas, pero qué se le iba a hacer, gajes del oficio.


Si no nos interrumpían las madres con algún mandado a destiempo o un par de escobazos porque les ensuciábamos la acera o nos jodían la fiesta los cabrones de los hermanos mayores, que nunca andaban muy lejos maquinando putadas, los cinco kilos de hijas del girasol nos duraban escasamente una tarde, dos como mucho. A otras cosas no digo que no hubiera alguien que nos mojara la oreja, pero comiendo pipas... comiendo pipas no había quien nos ganara, pongo una mano en el fuego por ello. Incluso las dos. Y no me quemo.

Al poco de empezar con la pitanza y masacre de las semillas tostadas llegaban las hormigas a cargar con los restos, que yo creo que nos tenían pillados el día y la hora, las puñeteras; para ellas, los despojos de aquel saco de pipas también eran un banquete, una opípara comida imprevista y facilona que les llenaba la despensa de suministros para el invierno. Se ponían a la tarea con un entusiasmo y tesón admirables: formaban unas filas enormes y disciplinadas camino del hormiguero, cada una con su cascarita, más grande que ellas mismas, a cuestas y pinzada en las mandíbulas sin perder ni el paso ni el rumbo. Y si alguna, por lo que fuere, tropezón o despiste o cansancio se salía de la senda correcta, "las hormigas soldado" (nos las imaginábamos con casco y lanza y gritando órdenes a troche y moche para mantener el orden en la fila) la reintegraba al redil al momento sin importar los métodos, sin la más mínima delicadeza, a lo bruto, como si dijéramos. Los gorriones, descarados y hambrientos, dispuestos a hacerle una feroz competencia a los himenópteros (dato científico para los ignaros), también se iban acercando poco a poco y como quien no quiere la cosa, con esos saltitos tan graciosos con que caminan, a ver qué podían sacar en limpio de todo aquel trajín. Al día siguiente, y entre escobazos maternos, insectos y pajarillos apenas quedaba un mísero rastro de las cáscaras del fruto del girasol.

Anacleto, "Barullo", Tasio y yo fuimos uña y carne durante unos cuantos años. Dueños del verano y sus rincones, exploradores incansables del barrio y sus recovecos asilvestrados y broncos, formábamos un grupo inseparable, casi salvaje. Como el de aquella peli del oeste de Peckinpah en la que moría hasta el apuntador. O el arrabalero y cutre de La guerra de los botones, mucho más cercano y verdadero. Lo que no impedía que de cuando en cuando anduviéramos a la greña entre nosotros por cualquier gilipollez.

Al único que he vuelto a ver de aquella pandilla desde que me fui del barrio ha sido al Tasio. Un domingo. En la cola para entrar al Zoo de Madrid. Los dos, ya casados y con hijos.

No supimos bien qué decirnos.

jueves, 19 de enero de 2012

Aduanas y fronteras



Aduana

Ninguna frontera detiene las palabras.

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Aduana (2)

En el mapa de mi vida hay fronteras que no se cruzan.

miércoles, 18 de enero de 2012

Cosecha del 59 (9)


Gema Noguera

A Lola Pintado y Carmen Portolés

Nada era como me lo había imaginado
y a la vez era idéntico a como quería que fuese.
Primero, el río: avanzaba ante tu taller y tu casa
con sus cascadas y sus espejos de agua verde,
se colaba afanoso bajo el gran puente
que parece temblar en el aire del tiempo.
Luego, la fábrica: antigua, llena de escorchones,
cosida por las cicatrices de la memoria.
Miré un instante la fronda voraginosa,
oí el violín adormecido de las hojas
y pensé que aquel era un paraíso en desorden,
el refugio ideal para los días de lluvia.
Entré. Me encontré con tu bicicleta.
Dime, ¿era más bien morada, granate,
podías pasear en su frágil armazón,
llevar las primeras frutas del verano?
Acudí a tu taller, casi sin querer. Y vi
tus cuadros, esos océanos de rojiza luz,
ese oleaje dormido de la noche en tierra.
Percibí tu mano en todo: en las paredes,
en los diseños, en la atmósfera de creación.
En la salobre humedad de las galerías.
Más tarde, impregnado de ti y de tus fuegos,
vi las demás salas: la cerámica, la obra en papel,
el círculo de amigos, el solanar de la invención.
Poco después conocí a tu madre. Y la biblioteca
donde solías refugiarte. Hojeé tus dibujos,
repasé algunas fotos de familia.
Habría llorado. Por ti y por los otros,
por el río que vierte sus lágrimas,
por la bicicleta ya abandonada.
Tu madre me llevó ante la noguera
donde yaces para siempre con tu padre,
hechos ceniza y limo fecundado.
Cerré los ojos y escuché tu silencio.
El olor de la lavanda se mezcló con tu sonrisa:
va y viene como un ave del jardín.


Antón Castro (25 de agosto)




Ilustración: Ignacio Fortún

martes, 17 de enero de 2012

Escribiendo / Tecleando



Maniático de la pulcritud y de la higiene, se lavaba las manos con jabón veinte veces al día, iba rasurado al milímetro, las uñas pulidas con sumo esmero, el pañuelo de algodón perfectamente doblado e inmaculado, los zapatos lustrados a más no poder; lo que se dice un pincel, un figurín, un paradigma de la elegancia y el buen gusto.
 

Pero en cuanto cogía la pluma o se ponía al teclado y pergeñaba unas líneas cualesquiera, la ortografía, la sintaxis, la gramática entera, acobardadas en un rincón del desastre, se lanzaban a llorar a moco tendido, con un desconsuelo tan atroz que su lamento podía oírse verso a verso, entre capítulo y capítulo, una página tras otra sin desmayo.

Por no hablar de cuando intentaba echar mano de la oratoria y endosarnos alguna de sus insustanciales proclamas; entonces las palabras, las frases, con su prosodia maltrecha, se declaraban en rebeldía con todas las de la ley, se resistían con uñas y dientes a ser masacradas sin más por una causa inútil.

lunes, 16 de enero de 2012

Página con perro


A Jorge Riechmann

Los carabineros detuvieron a mis amigos,
les ataron las manos a los raíles,
me obligaron como se obliga a un extranjero
a subir a un tren y abandonar la ciudad.

Mis amigos enfermaron en el silencio,
tuvieron visiones en la cercanía de lo sagrado.

No la herida del inocente,
no la cuerda del cazador de reptiles,
en mi pensamiento la crueldad tiene nombre.

Me llamaron judío,
perro judío,
comunista judío hijo de perro.

Este no es asunto que se pueda solucionar con tres palabras,
porque para cada uno de nosotros
esas palabras tampoco significan lo mismo.

Yo he tenido un perro,
he hablado con él,
le he dado comida.

Para alguien que ha tenido un perro,
la palabra perro es fiel como la palabra amigo,
hermosa como la palabra estrella,
necesaria como la palabra martillo.

Juan Carlos Mestre

domingo, 15 de enero de 2012

El algodón no engaña (15)

En todas partes se saborea,
se españolea con whisky DYC.




Es el momento oportuno de tomar 501


sábado, 14 de enero de 2012

Estampas de ultramar (1) Aníbal Núñez


Como a tantos otros grandes poetas y escritores, llegué a la poesía y la figura de Aníbal Núñez de mano ¡cómo no! de Ángel Campos Pámpano. El primer libro suyo que leí fue Estampas de Ultramar en la edición de Pre-Textos de 1986. En el 2007, la Diputación de Salamanca publicó una preciosa edición ilustrada del mismo libro con estudio de Fernando R. de la Flor y grabados de Germán Labrador Méndez.

Estampas… es un libro que algunos de los exégetas de Aníbal reputan como menor en su obra. Puede ser; "doctores tiene la iglesia", que vino a decir el de la triste figura. Pero a mí me descubrió todo un mundo poético que ni siquiera sospechaba. Su lectura fue posiblemente el germen de no pocos de mis primeros poemas publicados y me atrevería a decir que aún se presenta, como un invitado imprevisto, en algunos de los textos que ahora escribo. Me gusta pensarlo así.

Aunque no llegamos a conocernos en persona, poco antes de su muerte llegué a cruzar algunas cartas con él, hablamos un par de veces por teléfono, intercambiamos algunos libros y revistas... Hasta le envié un ejemplar original y numerado (el 43) de su plaquette Trino en estanque, publicada en la colección Cuadernillos de Madrid en 1982, que conseguí en una caseta de Moyano, y del que él no tenía ninguno. Antes hice una copia cuasi facsímil de la misma porque ya entonces atesoraba todo lo suyo.

Hace poco, a través de mi amiga Isabel Sánchez, conseguí otro hermoso libro suyo, una preciosa edición facsímil del manuscrito y su transcripción de Primavera soluble, publicado también por la Diputación de Salamanca en 2003.

Este introito, que ya acabo, es solamente para decir que hoy comienzo a publicar aquí, en estricto orden, los poemas de aquel libro que me abrió un mundo.

(Atendiendo no solo a las órdenes de la
Administración Holandesa)



No tengo aquí que transportar bagajes
ni pertrechos, soldados, municiones,
mujeres. No preciso tres canoas
ni procurarme otra o dar recados

Puede que la partida se haya fijado para
las cinco de la tarde
(El sultán de Tidor prometió ayuda)
Puede ser que ni sea necesario
apagar la citada insurrección

No sé qué hacer con el papel
donde apunté: “los mercenarios
cobrarán del botín”

Lo que de veras necesito
es abrir un paréntesis.





Coda: Me encanta esa fotografía de Aníbal pellizcándose levemente la barba, con esa mirada socarrona y la sonrisa un punto escéptica.
Desde hace más de veinte años ocupa un lugar preferente en mi lugar de trabajo, donde tecleo estas líneas.

viernes, 13 de enero de 2012

Mercurio


Dentro de nuestras habituales ocurrencias y trastadas para entretenernos, casi ninguna buena ni de provecho, de común gamberras y dañinas (pinchar ruedas, apedrear farolas, atar picaportes y llamar a los timbres a deshora, bajarles la falda de un tirón a las chavalas para verles las nalgas y de paso el color de las braguitas...), una de las que más nos gustaba hacer era romper termómetros. Para sacarles el mercurio. Metal líquido, un oxímoron surgido de la naturaleza, pasada por el tamiz de la industria y la técnica. En el colegio aprendimos (algunos, no todos, que los había cenutrios y bodoques a más no poder) que el mercurio salía de un mineral llamado cinabrio. Como si las rocas lo sudasen por su cuenta y riesgo. Entre las cantinelas soporíferas de las tablas de multiplicar y el cateto de la hipotenusa, entre las bíblicas plagas de Egipto y el misterio aún no resuelto de la concepción del niño Jesús sin ayuntamiento carnal de por medio, entre la reconquista de la patria a los moros o la incomparable grandeza del imperio ultramarino (dominios sometidos a sangre y fuego "donde no se ponía el sol"), entre los dictados cabrones y las diferentes partes de la anatomía interna de algún desdichado batracio destripado en el laboratorio, también nos enseñaban que España era una potencia de primera magnitud en su minería. Pero de primera, primera, eh, recalcaba con ardor casi guerrero el docente de turno. En aquella época, según los libros de la escuela y el omnipresente y dictatorial aleccionamiento ideológico del régimen, España era lo mejor del mundo mundial y parte del extranjero. España era la hostia consagrada, el copón bendito, la caraba en verso, el acabose, la repanocha vestida de mantilla con lentejuelas y plumas de marabú sacando pecho a los festivos sones de un pasodoble torero. Una “Unidad de Destino en lo Universal”, no os digo más. Aunque vaya usted a saber qué coño significaba eso así fuera en mayúsculas. La verdad es que la mayoría del personal no les hacíamos ni puñetero caso a las trasnochadas y cutres consignas patrioteras. Pero siempre había alguna manzana pocha en el cesto, alguna viborilla siseando su veneno en el nido, algún meapilas sin sustancia que se tragaba estas milongas como si fueran jarabe para la tos o una Mirinda de naranja. Parecían los sujetos apropiados para blanco de aquella cancioncilla chusca de "A los tontos de Carabaña / se les engaña con una caña". En fin, allá ellos con su tontuna y sus tragaderas.

Aquellas bolitas líquidas y metálicas, bellas y misteriosas como perlas de algún mar remoto, con un destello frío e hipnótico en su errático rodar, nos producían una extraña e irresistible fascinación, una magnética pasión, una seducción fatal. Parecían tener vida propia, latir sordamente con su antiguo corazón de piedra. Pero no vayáis a pensar que se dejaban atrapar así como así, no; como es bien sabido, todo lo hermoso cuesta de conseguir. Cuando ya las creías en tu poder y la satisfacción comenzaba a adueñarse de tu rostro por la proeza a punto de ser lograda, se te escabullían entre las yemas como demonios jodiéndote el festejo y dejándote con un palmo de narices. No había cristiano que pudiera cogerlas con los dedos.
Era como si se rieran de nosotros. Había que empujarlas con algo para meterlas en el bote. Jugábamos con aquellas esferas sin sospechar que eran una bomba de relojería: hacíamos carreras con ellas en algún improvisado circuito construido a propósito con lo que tuviéramos más a mano en ese momento, soplando a través de una pajita o el tubo de un Bic para que rodaran cuanto más rápido mejor. Sobre una superficie lisa corrían que se las pelaban. El trofeo para el vencedor consistía en apropiarse de una bolita del contrario, generalmente la más gorda, por supuesto, que la poli no es tonta. Así que cuando pillabas una mala racha en la competición y te quedabas sin bolitas no había más remedio que conseguir la materia prima robando otro termómetro en la farmacia. O simular que tenías fiebre y joder el de casa como por accidente. Bien es verdad que ambas triquiñuelas entrañaban serio peligro si te cogían con las manos en la masa tanto el boticario como tu madre (un par de hostias te ganabas seguro), pero el riesgo merecía la pena. Otras veces las poníamos en el cuenco de la mano, las rotábamos levemente y nos quedábamos mirando los erráticos y plateados movimientos con cara de imbécil. Podíamos tirarnos las horas muertas con aquella bagatela, con semejante gilipollez. Y menos mal que no nos dio por engullirlas. Pudiera parecer un dislate eso de probar a qué sabrían, pero no hubiera sido tan raro dada nuestra ignorancia y osadía suicida y su más que apetecible aspecto como de golosina de lujo. Imagino que algún atisbo de sentido común, que tampoco es que nos sobrara, nos impedía hacerlo. Aunque burradas más extrañas se nos ocurrían otras veces y alguna llevamos a cabo sin pensar ni mucho ni poco en las consecuencias.

No hace mucho vi en la tele una película de intriga donde el sicario a sueldo (un tipo imponente de aspecto patibulario, los encargados del reparto acertaron de pleno) de una siniestra y oscura corporación criminal se cargaba a un pobre infeliz por el método de inyectarle unas gotas de mercurio en el cerebro para ensayar la eficacia del método. El tío casi ni se enteró. Y además, era un secundario de relleno que no tenía ni una frase en el guión, apenas esa poco lucida escena, con lo que tampoco se perdió mucho que se diga. El tipo se rascó con descuido y como por costumbre el cuero cabelludo al sentir el picotazo (lo mismo pensó que era un mosquito cabrón) y, al rato, pajarito total, muerto matao, un triste e insignificante fiambre caído en el asfalto con una casi enternecedora expresión de incredulidad en la mirada, en los ya inútiles ojos; vamos, que la palmó con una cara de imbécil que dabagusto verla. Desde luego, otra cosa no, pero hay que reconocer que el sicario era un artista en lo suyo.


El detective y el forense asignados al caso, unos ineptos de campeonato, se tuvieron que emplear a fondo en la investigación para intentar solventar el crimen y atrapar al culpable para ponerlo a disposición del fiscal antes de que cundiera el pánico entre la población. Que habiendo muertos de por medio, y más sin saber de qué han cascado tan de golpe, el pánico cunde que te cagas. Y mira que le dieron vueltas al asunto. Pero ni por esas. Los agentes de la ley no tenían ni pajolera idea de cómo había palmado el tipo aquel o de quién pudiera ser el sofisticado asesino. Metafóricamente, aquel suceso era lo más parecido a un callejón sin salida. Si no es porque un ayudante de la morgue se fijó como a lo tonto y por casualidad en el casi invisible pinchazo y les fue con el cuento, la cagan, pero bien, todavía le estarían dando vueltas al caso. Les sentó tan mal que un niñato imberbe, un bacario del montón les corrigiera la plana, que en venganza por la humillación sufrida (¡pero habrase visto desfachatez!, clamaban los de la vieja guardia) omitieron a propósito mencionar el nombre del chaval en el informe oficial.

Hombre, visto en frío, fácil, fácil, tampoco era el asunto, porque parece ser que el mercurio, una vez diluido en la sangre, no deja apenas rastro en el cadáver. O eso dicen los que saben.


Y antes de que alguno me pregunte, ya os digo que no me acuerdo del título de la peli. 

Aunque tomo nota del método por si acaso. Que nunca se sabe.

jueves, 12 de enero de 2012

Hablar con extraños (2)


1 ¡Idiota, idiota!

(El loro de Ubalda Rojo. En San Vicente, Córdoba, Argentina, hacia 1956)


2 Me di cuenta de que eso era lo que quería y, desde atrás, la abracé por la cintura y la apreté con fuerza. Se le escapó un ruidito discreto pero indisimulable. No me pareció un accidente sino algo deliberado: me estaba indicando por dónde debía ir, así que empecé por bajarle la braga. Entonces le vi en el cachete derecho una preciosísima mariposa tatuada con mucho arte. Hice lo debido hasta que la mariposa se le borró. Y es que las tintas vienen hoy muy malas por causa de la guerra del Golfo. 

(En el Bar Bigote de Jaén, España, un artista de la ginebra)


3 Si es usted de San Vicente por fuerza se tiene que acordar del Comisario Arce. ¿Se acuerda? En efecto, vivía en la calle Argandoña casi esquina Dionisio Tejedor. Digo que vivía porque como usted recordará lo cosieron a puñaladas. ¿Ahora lo tiene claro? Bueno, tómese este vinito y le voy a contar algo que no sabe nadie: este pecho lo mató.

(A las 3 de la mañana en una taberna de la Diagonal 80, en La Plata, provincia de Buenos Aires)

4 A Borges yo lo mataba. No digo al escritor, digo al fabricante de cajas de hierro.

(Un amigo de Gómez de la Serna en casa de Paula Sofovich en Buenos Aires)


Imagen: Weegee

miércoles, 11 de enero de 2012

Zaragoza, mon amour (2)


Hoy ha sido en mi casa un día “zaragozano”: en dos sobres diferentes han llegado hasta mi buzón hermosas muestras del afecto que sienten por uno amigos de allí: el primero traía remite de José Luis Melero, escritor y bibliófilo -su Leer para contarlo (Memorias de un bibliófilo aragonés) es para leerlo, no para contarlo- y contenía el nº 138-139 de Rolde (Revista de Cultura Aragonesa). Intitulada Palabras para Félix es un espléndido y sentido homenaje al triste y súbitamente desaparecido en plena madurez Félix Romeo, y donde muchos de sus amigos dejan testimonio de su talento como escritor y su ejemplaridad como persona.
Entre otros muchos, Cristina Grande, Fernando Sanmartín, Julio José Ordovás, Miguel Mena, Daniel Gascón, Luis Alegre, Eva Cosculluela, Eva Puyó, Javier Tomeo, Ismael Grasa, Antonio Pérez Lasheras, Rafael Artal, Rodolfo Notivol, Ignacio Martínez de Pisón…
No hay una página en ella donde la emoción no esté presente.
El número se embellece con un retrato de Félix obra de Pepe Cerdá en la portada, y se cierra con una extensa galería fotográfica de momentos que son todo un canto a la amistad.

El segundo lo enviaba Antón Castro con su último libro publicado: una reedición de El testamento de amor de Patricio Julve, publicado por Destino en 1995 en una edición ya prácticamente inencontrable. Chusé Raúl Usón, editor de Xordica ha querido rescatarlo para felicidad de los múltiples lectores que Antón tiene repartidos por los cuatro puntos cardinales.
La hermosa portada es obra de Luis Grañena, un magnífico ilustrador y caricaturista.
El volumen traía un hermosa dedicatoria autógrafa de Antón, quien también ha tenido la generosidad de dedicarme el relato titulado "El retornado".

Y he querido dejar aquí constancia de ello porque creo que gestos así no pueden, no deben, pasar desapercibidos.

Mi agradecimiento con ambos, Antón y José Luis, José Luis y Antón, va tomando dimensiones y límites que no sé si me será posible corresponder como merecen.
Queden al menos aquí, con estas líneas, mi afecto y mi abrazo fraterno.


martes, 10 de enero de 2012

Acuario


inmóvil, inerte sobre algas
de plástico y las rocas
extrañas donde habita,
me contempla el pez mientras
descansa su vejiga natatoria

pero si enciendo la luz,
soy yo quien absorto mira
el leve azul de sus aletas,
su boca redonda en estertor

el cristal es nuestro límite,
la frontera más poderosa;

no el movimiento, no:
sólo el mirar nos aproxima

lunes, 9 de enero de 2012

Cosecha del 59 (8)



La crónica

Destino y elección no se contemplan.
Ahora sientes que buscan
las fieles decisiones de tu reflejo.
Sé que somos volver, que no es origen
aquel que esperará toda la vida.
Un origen es contemplación, es la salada
circunstancia partida, es un mudo recuerdo
y es pasado ya aquello que te aguarda ni siquiera
se ilumina en los labios con un nombre certero.
Ahora miro la ingrata
soledad otra vez de mi trabajo,
miro esos sucios roces de palabras, los pequeños
pormenores de envidia, los destellos
del temor y monedas
que ensucian la verdad y que se ocultan
sobre el orden cautivo de las cosas.
Nada resulta cierto.
Igual que ese periódico que tiras
esta limpia mañana de septiembre
en otra papelera de silencio.

Jesús Mª García Calderón (10 de agosto)




Ilustración: Ignacio Fortún

domingo, 8 de enero de 2012

Epigrama...


...grabado en el collar de un perro
que di a su Alteza
Real

Yo soy el perro de Su Alteza Real;
decid, señor, ¿de quién sois vos el can?


Alexander Pope [1688-1744]


sábado, 7 de enero de 2012

2 "morerías" para empezar el año


El piano disfruta de una dentadura perfecta en dos colores. 


La lluvia escribe sus versos en el tambor de barro del tejado.

viernes, 6 de enero de 2012

Billares y trapicheos


Pasábamos muchas tardes de domingo en los billares. Recreativos Satur era la razón social de aquel desfogue pobretón y deportivo del fin de semana. Situados a una distancia prudencial del barrio y fuera de las rutas habituales de adultos conocidos, allí podíamos fumar tranquilos los Celtas, Bisonte, Mencey, Antillana..., birlados hábilmente a padres o hermanos mayores, sin temor a demasiados reproches o a ser sorprendidos in fraganti por familiares o vecinos chivatos. Con las desagradables secuelas físicas, léase zurra, que podía conllevar la traidora delación.
 

Como no teníamos un chavo, amén de fumando y tosiendo solíamos echar la tarde soltándoles guarrerías a las zagalas que pasaban por delante, comiendo pipas de girasol o calabaza, torraos o chochitos, avellanas o cacahuetes... cualquier cosa comestible menos palomitas: el maíz inflado nos parecía una mariconada, cosa de chicas, o sea, tabú para unos jabatos como nosotros (nos hubiéramos dejado matar antes de ser sorpendidos comiéndolas), y descojonándonos de la poca maña y la pinta ridícula de los que jugaban al ping-pong o al billar en pantalón corto y sandalias. Algunos llevaban chirucas hasta en verano, lo que aportaba un plus grotesco y suburbial, amén de otro motivo más de rechifla al deportivo espectáculo. Era barato y entretenido. Más o menos como el cine, aunque éste era más caro. Y donde además, manda cojones, muchas veces ni nos dejaban pasar. Según fuera la película. O el humor de la taquillera o el que cortaba las entradas, que cualquiera de ellos te podía echar para atrás y ponerte de patitas en la calle si le salía del mondongo y sin darte explicaciones.

De vez en cuando, algún alma caritativa y rumbosa, apiadándose de nuestra insolvencia y aburrimiento, nos regalaba unas partidas a las máquinas de pinball. El pinball también se llamaba flipper. Igualito que aquel delfín estomagante protagonista de una serie infame con niños repipis que ponían en la tele. O nos cedían, condescendientes y chulos como si nos estuvieran haciendo el favor de nuestra vida, unos minutos de billar en aquellos tapetes descoloridos, medio calvos y remendados donde las bolas daban saltitos imprevistos que variaban su dirección impidiendo la carambola cuando tropezaban en las chapuceras costuras de los múltiples sietes que punteaban, cual granos sebosos en faz de imberbe, cual guarras verrugas en culo de mono, cual repelentes puntos negros en cutis ebúrneo, las sufridas superficies del verde paño. Eso, claro, si la mesa ya no estaba coja de por sí o los tacos más retorcidos que pañuelo de viuda hipócrita en el entierro del legítimo pensando en la herencia a recibir. 


Me gustaba mucho aquella tiza azul celeste que se aplicaba en la punta del palo, también llamado taco por los finolis. Más de una, y más de dos, escamoteé de aquellos billares librándolas de su aburrido destino, aunque luego, vaya por dios, se murieran de pena en algún rincón de mi casa. Por el tamaño forma y color, ya que no por el color, la tiza parecía un cubito de caldo concentrado para familia numerosa. Pero no, para caldo no valía, os los puedo asegurar, hice la prueba. Y con fideos de acompañamiento, nada de consomé mondo y lirondo. Nunca la hiciera: no queráis saber qué malos ratos pasé adorando de rodillas, como ante ídolo pagano y asqueroso, la taza del váter con la cabeza dentro arrojando viscosas bilis. O la de viajecitos que di noche va, noche viene, para descargar en ella zurrapa en estado líquido por cierta parte oculta de mi anatomía. Durante casi una semana fue mi altar de sacrificio a la fuerza, mi cruz a cuestas, mi amarga penitencia por la delirante fechoría. Las tripas todavía me están cobrando intereses por el estropicio. Tuve que deshacerme del cazo del delito para no intoxicar también al resto de la familia. Mi madre lo anduvo buscando unos días aunque, para mi alivio, tampoco le echó mucha cuenta ni anduvo indagando demasiado sobre su paradero. Pensaría que tampoco merecía tanto la pena; al fin y al cabo se lo había regalado su suegra, o sea mi abuela, y mucho cariño tampoco les tenía ni al cazo ni a la suegra. Menos mal. Porque si se llega a enterar del experimento, me tienen que llevar a urgencias seguro. Y no al de digestivo precisamente, sino más bien a traumatología.

Volviendo a los recreativos; tal y como habíamos visto hacer en las pelis, aplicábamos la tiza con esmero y paciencia en la puntita de tela del palo y soplábamos con chulería el polvillo sobrante confiando en que así las carambolas nos fueran más propicias y abundantes. Pero ni por esas: el que es torpe es torpe y no hay más que hablar. Ya le podías echar el teatro que te saliera de ahí o poner las posturitas más pintureras que no había tu tía: las putas bolas iban a su bola.

En aquel infame local también malvivían tres futbolines mugrientos en un rincón sobrellevando con cristiana resignación su ostensible decadencia por no decir ruina. Los tres con uno o varios jugadores faltos de cabeza o sin brazos, recuerdo y venganza de algún mal perdedor, muñecos indefensos e imperturbables en su rígida desgracia. Uno incluso había sido amputado de cintura para abajo, lo que a la postre venía a significar que si te tocaba su equipo jugabas con uno menos llevando todas las de perder. Como si le hubiesen sacado tarjeta roja. Y con semejante rémora en la línea de medios, el centro del campo, claro, era un coladero.

Los deportivos armatostes se "engalanaban" con ceniceros de aluminio de colores (rojo, morado, azul, marrón…) clavados en las esquinas como poco sutil mensaje para impedir su latrocinio. Una precaución, dicho sea de paso, completamente innecesaria porque con la costra asquerosa de nicotina que acumulaban encima desde vete a saber cuándo y siempre a rebosar de ceniza vieja y colillas aplastadas jamás se nos hubiera ocurrido mangar semejante inmundicia. Estábamos algo gilipollas, vale, pero no hasta tal punto. Aunque si nos vamos al episodio del caldo de tiza con fideos, no sé yo qué deciros.

El baranda del negocio, un tuerto mala leche siempre mal afeitado que llevaba una absurda gorra de plato como de acomodador de postín o portero de finca urbana acaso buscando infundir un respeto que nunca le tuvimos ni de lejos, en su pestilente tabuco, bajo cuerda y a salvo de indiscretas miradas (o eso creía él, menudo iluso), vendía y alquilaba condones y revistas guarras con unas sospechosas y blanquecinas manchas que servían de pegamento a las páginas, artículos ambos con alta demanda y prestigio entre la muchachada adolescente, maduros tempranos y viejos verdes, y harto difíciles de conseguir por entonces. También trapicheaba con auténtico tabaco americano (Lucky, Marlboro, Pall Mall, Camel…) en aquellas cajetillas tan bonitas, tan llamativas, tan exóticas. Para este asuntillo del fumeque made in U.S.A. tenía bastante clientela foránea, quiero decir de fuera del barrioy aún del distrito. Pero aquellos tipos paraban por allí lo justo, su visita a los recreativos era un visto y no visto: pillaban un par o tres de cartones, camuflaban la mercancía ilegal entre la ropa, le soltaban la pasta al tuerto y se largaban del barrio a toda leche mirando con desconfianza alrededor y sin tenerlas todas consigo hasta que cruzaban una imaginaria frontera tras la que creían sentirse a salvo.


El material se lo traía de extranjis al cojo un colega que había hecho la mili con él y que trabajaba de mecánico a sueldo de los yanquis en la base aérea de Torrejón. Para no dejar asunto ilícito sin tocar, aquellos fulanos traficaban (ellos decían "gestionar", eran unos adelantados de los eufemismos mercantiles) con piezas de coche de desguace, algo de ropa de segunda mano, pequeños electrodomésticos con taras, medicamentos fuera de fecha y libres de impuestos... Menudos prendas el de la gorra de plato y su cofrade de regimiento: habiendo pelas fáciles de por medio no le hacían ascos a nada. Eran unos billares un poco cochambrosos y cutres, ya se ve.

Mientras volvíamos a casa, cabizbajos y ya aburridos de siempre lo mismo, con la ilusión gastada inútilmente otro domingo más, masticábamos chicle o chupábamos un Saci de menta o un trozo de regaliz para disimular el pestazo de los cigarrillos y no cagarla en casa de mala manera a última hora.


Eran tardes más bien tristes. Pero era lo que había. 


No sé por qué me acuerdo de ellas.