sábado, 31 de marzo de 2012

Paloma polícroma


Color ceniza casi negro, difusas manchas marrones aquí y allá en buche y alas, un ligerísimo y casi imperceptible encaje de plumas iridiscentes a modo de gorguera, patas escarlata…
Picotea la paloma portuguesa el pan a mis pies.

viernes, 30 de marzo de 2012

"Gracias a la vida"


Me acuerdo de que Violeta Parra escribió la letra de la canción Gracias a la vida entre dos intentos de suicidio.
El segundo logró su objetivo.

jueves, 29 de marzo de 2012

La errata acuosa


Yo quería que “me sacara de la duda” y mi amigo Marino, errando, errando, me sacó de la… ducha.

miércoles, 28 de marzo de 2012

Imágenes a contraluz (Juan Yanes)


Hace unos meses, trasteando por la red de enlace en enlace y tiro porque me toca, fui a parar al magnífico blog de Juan Yanes, Máquina de coser palabras, especializado en microrrelatos. Como de un tiempo a esta parte uno anda, entre otras cosas, enredado con varia fortuna en esa forma literaria, me atreví a enviarle a Juan un texto de esas características. Contestó casi a vuelta de correo, abriéndome de par en par las puertas de su casa.
Desde entonces, varias han sido las ocasiones en que llevado por la imprudencia, la temeridad e incluso la pesadez -perdóname, Juan- he llamado a esa puerta. Y así fuera a horas intempestivas, siempre la he encontrado abierta. Hoy recibo su devolución de visita con estos textos que me ha enviado a petición mía. Simplemente porque me apetecía que él también visitara mi casa, y porque quería presentarlo a quienes aún no lo conozcáis.
Ha tenido, además, la generosidad de dedicármelos.
Gracias, Juan.


Imágenes a contraluz

Para mi amigo Elías Moro, desde una cierta nostalgia

I
Ahora naces. Ahora rompes la delgada tela que te separa del mundo.

II
Escuchas las veloces pisadas de la Turununa por las callejuelas de piedra con el tubito de penicilina en la mano para que no te mueras, como se van a morir los otros. La gente no sabe para qué nace, para qué vive. Se vive para vivir, dice la Turununa que está loca, como los pájaros. Tú tampoco sabrás para qué vas a vivir.

III
Húmedas lombrices deslizándose en el interior del barro. Tus manos, ese juego. Un intenso olor a lluvia, a tierra mojada que respira. Aún no han florecido las dalias, pero su alto manto de hojas te permite desaparecer. En ese túnel vegetal no se oyen los gritos ni las llamadas.

IV
Escondido, siempre escondido. Invisible. Mirando por las rendijas, confundido entre los pliegues de las cortinas, fingiendo no ver nada. Las puertas entreabiertas. No mires las sábanas ensangrentadas que sacan del cuarto de tu madre. No escuches los gritos ni las llamadas ni las medias palabras que se dicen unos a otros.

V
Tú ves la sangre. Tienes una memoria en rojo de la sangre de los animales sacrificados. Los ojos desorbitados de las vacas y los toros del matadero municipal, llenos de espanto. Y tú ves caer la puntilla y cómo se desploman esas hermosas criaturas y el sonido del esternón sobre el suelo. Tú pasas las horas y los días contemplando el rito de la sangre derramada y de su olor.

VI
Ahora subes al Continente bordeando un horizonte infinito de agua salada. La luz que refleja la cúpula dorada de la catedral te ciega, a medida que el barco se acerca a la bahía y vuelan los peces como palomas por el cielo de aquella salada claridad.

VII
Un tren. Un tren que serpentea colgado de las paredes de la cornisa de la Sierra. Abajo, el fondo de plata oscura y sinuosa del río. La fila de gente con las tarteras de aluminio en la mano esperando la comida caliente.

VIII
El frío coagula la luz y el blancor de la nieve entre los olivos del viento que silba como un látigo vareando el fruto negro que recoges con tus manos.

IX
Todavía no has visto la muerte. Oyes hablar de ella. Ves pasar los ataúdes y sigues hasta el cementerio y escuchas el ruido de la tierra al caer. Pero no has visto la cara de la muerte, no la has tocado, no has sentido el frío de sus manos yertas.

X
Tampoco conoces la vida. Ignoras la proximidad del abismo cuando tocas con la lengua la orografía complicada y majestuosa del cuerpo y del alma de la mujer que te devora. No sabes lo que es morir en la herida de sus labios.

XI
Ahora recoges los frutos de la higuera. La luz interior de los higos de leche con sus gotitas de almíbar en el pezón. Las higueras en el filo de los bancales al borde de los muros y los ojos de los gitanos de piel azul, de pelo azul, de manos azules pidiéndote de comer.

XII
Hoy has aprendido a hacer una pajarita de papel, pero ahora corres alocado por las galerías porque dicen que el tío Cipriano se tiró a las vías del tren y subes a la tapia y está todo cubierto de nieve, y ves aquellos manchurrones de sangre congelada y un revoltijo de ropa ensangrentada que dicen que es el tío Cipriano. Es el primer muerto de tu vida, pero tampoco lo tocas, sino que miras. Ya nunca te podrás quitar esa imagen de la vista.

XIII
¿Para qué has venido aquí, que no hay más que muerte?
Muertes dictadas sin piedad y ejecutadas al amanecer, de las que tú no tienes noticia. Nombres que no te dicen nada, porque no sabes nada. Y el sonido de los hierros contra los barrotes que los otros condenados hacen sonar acompasados, como un latido contenido de furia. “Madrid, 20 de abril de 1963. Ha sido cumplida en la madrugada de hoy, la sentencia de pena capital dictada por la jurisdicción competente contra Julián Grimau García”.

XIV
Pero tú no lees los periódicos y tu memoria se diluye entre las cosas pequeñas intentando sobrevivir al dolor que te producen los sabañones que te salen entre los dedos de los pies y de las manos y en el bordillo de las orejas. Déjame guardar alguna de estas imágenes a contraluz, antes de que se desvanezcan como el humo en el aire. Tú sólo piensas que pase el invierno y regrese la luz de los higos de leche con sus gotitas de almíbar en el pezón.


Islas Estrafalarias, 21 de marzo de 2012

martes, 27 de marzo de 2012

Filósofos


-El saber no ocupa lugar- dijo uno.
-Pero da mucho la lata y lleva su tiempo, no te creas- respondió el otro.

lunes, 26 de marzo de 2012

Camaleón de agua


Muchos de mis descubrimientos han sido fruto no tanto de mis investigaciones de campo, como de las horas que he dedicado a escuchar los cuentos y leyendas que desde siempre circulan en boca de los hombres y mujeres de Anad, y cuya existencia constituye uno de los orgullos de la cultura local. Valga como ejemplo el relato que sigue.
Una tarde mientras mataba el tiempo pescando junto al rio principal de Anad, de nombre larguísimo e impronunciable, escuché de uno de mis vecinos la historia del camaleón de agua. Según parece, esta variedad de camaleón tropical se había adaptado con éxito al medio acuático, con el consiguiente cambio de coloración de su cuerpo, que ahora había pasado a ser transparente. De este modo, explicaba mi vecino, el camaleón se había hecho invisible a los ojos de los hombres. Luego añadió:
“Son precisamente algunos de estos hombres los que han hecho del camaleón una figura legendaria, dando origen a una secta religiosa de dudosa naturaleza. En ella, el hombre que excepcionalmente logra contemplar por un instante la silueta de un camaleón de agua es considerado por sus compañeros un santón, al que se debe respetar y privilegiar.
La prueba de tal aparición es la repentina ceguera en los ojos de quien la presencia, ceguera que sólo se cura con el tiempo y una demostración pública de humildad -en forma de plegaria o letanía- donde se afirme que, lejos de haber visto al camaleón, ha sido él quien se ha dejado mostrar a los ojos de uno”.


Jordi Doce

domingo, 25 de marzo de 2012

La errata buena


Una errata encontrada en un correo que vista ahora, de repente, me parece que mejora muy mucho el texto donde está incluida; yo quería escribir cacharro, pero compruebo con placer que el cachivache se convirtió en cachorro.

sábado, 24 de marzo de 2012

Tonino è morto


El pasado día 21, a los 92 años, murió en su pueblo natal, Santarcangelo di Romagna, el gran Tonino Guerra. El invierno se despedía de la forma más cruel.
Ya solamente por haber escrito los guiones de La noche, Amarcord, o La noche de San Lorenzo, Tonino Guerra tendría todo el derecho a ser considerado como una de las figuras de la cultura cinematográfica en el siglo XX. Directores de la categoría de Antonioni, Fellini, Angelopoulos o Rosi, entre otros, disfrutaron en múltiples ocasiones de su talento.
Pero es que además este italiano de Rímini era un grandísimo poeta. Libros como Los bueyes, La polvareda, La miel o Llueve sobre el diluvio, no me dejaran por mentiroso.
De La polvareda (1978), precisamente, es el poema que dejo aquí en su memoria y homenaje, un poema que a mí me conmueve y desasosiega a partes iguales con una rara intensidad.


Los dos hermanos

Uno estuvo prisionero en Alemania
y desde hace treinta años se queda mirando
el pan como si tuviera el hambre de entonces.
El otro hizo la guerra en África
y mira el agua del vaso
con la sed que tenía en el desierto.
Ahora viven encerrados en casa
y no quieren ver a nadie.
Duermen en la cama grande
dándose la espalda y hunden
las caras en las almohadas.
A veces salen de noche
y caminan por las calles
anchas y desiertas
uno delante del otro
como la Luna y la Tierra por el cielo
que van quién sabe adónde.


TONINO GUERRA (Poesía completa)
Universidad Popular S.S. de los Reyes, 2001
Traducción: Juan Vicente Piqueras

jueves, 22 de marzo de 2012

Los Inklings de Olga y Antón


Dentro de unas horas estaré camino de Sevilla para asistir a la presentación de los dos últimos libros de Olga Bernad y Antón Castro. Me hace mucha ilusión volver a disfrutar de su compañía casi un año después de la última vez. La misma ilusión de volver a ver a Javier Sánchez Menéndez, su editor, y a algunos otros amigos que a buen seguro estarán presentes. Y que mejor motivo que estos dos magníficos libros publicados en los Inklings de La Isla de Siltolá: El mar del otro lado, de Olga, y Versión original, de Antón. Dos volúmenes donde se recoge una muestra significativa de su poesía ya publicada y en los que también se avanzan algunos poemas de lo que tienen ahora mismo entre manos.

Para celebrar el acontecimiento -será en la Casa del Libro de Sevilla, C/ Velázquez, 8, a las 19:00 h.-, se han buscado un presentador de altura: Antonio Rivero Taravillo, él mismo poeta, ensayista, traductor, editor... y a quien también tengo ganas de conocer después de tratarnos por teléfono y correo.

Sospecho que va a ser una velada estupenda. Hacedme caso: quienes amáis la lectura no deberíais echar en saco roto esta recomendación.






miércoles, 21 de marzo de 2012

Hablar con extraños (4)


10 He caminado mucho en mi vida. Siempre en alpargatas. Antes se conseguían fácil, y eso que calzo el 35, el 34 si me apuran. Ahora de mi número casi no se consiguen, aunque también hay para chicos que tienen poca diferencia con las de hombre. Yo, mal calzado o descalzo no voy a andar por estos pedregales. Así que me quedo quieto, en mi sitio, o me monto a caballo que es lo que más me gusta. Y ahora ni eso puedo desde que se me murieron mi mamá y mi caballo con diferencia de 14 días, los dos de noche. A mi mamá la voy a sentir más de la cuenta y me parece difícil que yo vaya a seguir cantando porque a la madre de uno se le deben tres años de duelo. Y a mi caballo lo voy a sentir porque era corredor y tobiano. Unicamente los hombres de ley podemos y debemos tener caballos tobianos, como don Vidal Torres que es juez de paz o Santos Vega que era payador y guitarrero y hombre de justicia por su propia mano. Muertos mi mamá y mi caballo para mí se acabaron el canto y la justicia.

(A Benito Sánchez y a mí en Corralito, mi pueblo)

11 Yo nunca voy al cine, ¿ve? En eso no gasto yo mi dinero. Además que el cine me influye y no voy a andar por la vida pegando tiros como los americanos. ¿Conoce usted a gente más estúpida que los norteamericanos? A todo le echan tomate frito. Una vez me iba a ir a la cama con una rubia made in USA pero le vi una mancha de tomate en la blusa y me enfrié. Por otra parte, vea, yo odio al pato Donald. Es enteramente capitalista.

(En el Centro Fernández Torres de Torreperogil, Jaén)

martes, 20 de marzo de 2012

5 "macizas" en bici

Para José Miguel Ridao,
que me ha recordado la palabra.












Imágenes encontradas en http://sexandthebici.blogspot.com.es/

lunes, 19 de marzo de 2012

...y otras tres bicis más


Para Miguel Mena,
ciclista, escritor, fotógrafo.


Me acuerdo de que las bicis tenían guardabarros, aguaderas, cintitas de colores colgando del manillar, faro y dinamo.
Ahora parece que sufran de anemia.

Me acuerdo de que a Bahamontes, aquel ciclista de leyenda, le apodaban El Águila de Toledo.
Y de que la primera vez que fui a esa ciudad, me pasé todo el rato mirando hacia el cielo sin conseguir ver ninguna, perplejo ante la mentira.

Me acuerdo de que cuando se inventaron el helicóptero, la bicicleta y la fotografía se llamaban, respectivamente, autogiro, velocípedo y daguerrotipo.
No sé; a mí me parece que hemos salido perdiendo con el cambio.




Foto Miguel Mena: Vicente Almazán

domingo, 18 de marzo de 2012

3 "me acuerdo" con bici dentro


Para Antón Castro,
que ama las dos ruedas

Me acuerdo de cuando corría el Tour de Francia con las chapas de los refrescos: Fanta Naranja (Raymond Poulidor), Canadá Dry (Eddy Merchx), Cervezas Mahou (Luis Ocaña)…

Me acuerdo de cuando los carteros repartían las noticias -hoy buenas, mañana terribles- montados en bicicleta.

Me acuerdo de un pantalón de tergal azul que destrocé una tarde de domingo aprendiendo a montar en una bicicleta de alquiler.
Mi madre me dio una somanta, y el de la tienda se negó en redondo a tener más tratos conmigo.




Foto Antón Castro: Vicente Almazán

sábado, 17 de marzo de 2012

Fruta podrida


El texto propio, como la fruta que compramos, hay que ponerlo un tiempo en el frutero, en la cestita, cabe decir en el cajón o en la papelera.
Y a ver qué pasa; no vaya a ser que a las palabras, que tan lustrosas y apetecibles nos parecen en momento de escribirlas (-¡Es que me las comería!-, me digo, glotón y satisfecho, en el calentón del momento), les suceda como a esas frutas, que a los pocos días empiezan a salirles mataduras en la piel y poco después se pudren para acabar de mala manera, y oliendo apestosamente, en la bolsa de los desperdicios.

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Como grumos en la mayonesa, así los versos del poema fallido, tirados por el desagüe del fracaso con un mohín de asco, con un rictus de tristeza.


Imagen de Juan García-Gálvez
a quien agradezco el permiso para su reproducción.

viernes, 16 de marzo de 2012

¡Vaya pregunta!


¿Qué cuántas veces me he enamorado?
Vaya pregunta. Yo que sé… Decenas, cientos de veces: de una voz, de una mirada, de una sonrisa, de una espalda, de un gesto…
¿Qué eso no puede ser? ¿Y por qué no, vamos a ver, por qué no?
El amor no es un espacio temporal, ni tampoco cuestión de cantidad: es un sentimiento.
Y que yo sepa, los sentimientos no saben de límites:
ni temporales ni de ninguna otra índole.

Tú enamórate como quieras y a mí déjame tranquilo.

Imagen: Mona Kuhn

jueves, 15 de marzo de 2012

Camisas


Mi mano torpe -ya sabes- busca el ojal que no encuentra.
Me he puesto, por error, una de las camisas que compramos en aquel viaje.
Dos iguales, ¿recuerdas?
Una de hombre.
Otra de mujer.
Y a veces, en mi soledad de ahora, sin tu ayuda, las confundo.

miércoles, 14 de marzo de 2012

Los seres de Maralva (2)


Bodén

A diferencia de casi todas las demás especies, el bodén no abunda: ocho o diez parejas habrá en total, todas ellas en Quima. Es un herbívoro de mediano tamaño y no hay dos que tengan el mismo color ni el mismo dibujo en la piel. Es creencia que trae buena suerte encontrarse con uno, aunque esto resulta poco menos que imposible, ya que se oculta de cualquier animal que tenga los ojos a mayor altura que él. No sirven trampas, en las que no cae, ni aguardar al acecho, pues sus sentidos son extremadamente agudos y olera, oirá o verá al perseguidor mucho antes de que él pueda ser visto. Deja huellas sutiles y aun tiene astucia para borrarlas, y su voz es un susurro que se confunde con el ruido del agua o de las hojas. Muda en el verano, quedando por completo descubierto de pelo, ahora sí todos iguales. Al comienzo del otoño le crece nuevamente, aunque distinto el dibujo. Los pelos de su crin son la moneda más estimada de la isla; su valor depende de su longitud. En el cielo de Maralva puede verse una constelación llamada Bodén dormido sobre las aguas.

Texto e imagen: Javier Alcaíns

martes, 13 de marzo de 2012

Caronte


Caronte. Nombre del dueño de una barca para viajes no precisamente de placer. En realidad, no sé a qué viene tanto prestigio y mitología cuando lo único que hace el susodicho es atravesar una laguna remando con un palo. Y con un estilismo en su vestimenta y aspecto francamente deplorable.
Malencarado, a más de ruin, con los desafortunados usuarios de su servicio -ánimas en pena, pecadores, espectros del inframundo…-, como no lleves el óbolo preparado con el importe para pagar el viaje, te quedas en tierra.
Así que la famosa cancioncilla “Al pasar la barca / me dijo el barquero / las niñas bonitas / no pagan dinero”, se la pasa por el forro.
O pagas, o no embarcas; no hay tu tía.

Imagen: José Benlliure

lunes, 12 de marzo de 2012

Cosecha del 59 (11)


Vida y color

Nacimos con un pie en los años cincuenta, en un país todavía en blanco y negro. Nos sentamos en la escuela en viejos pupitres de madera, con un hueco para el tintero. Escribimos con plumilla. Echábamos una gota de tinta en un papel de calco y aparecían dibujos simétricos, mariposas o escarabajos. Conocimos el carbón, lo echábamos a paletadas en calderas bruñidas y nos calentábamos al calor de la llama, aunque así teníamos sabañones. Un día, el color entró en nuestra vida a través de los cromos. Un álbum -“Vida y color”- encerraba, en una mezcla muy extraña, los peces más raros de los fondos marinos, un muestrario de flores domésticas y un repaso a las tribus más exóticas de África. Veíamos Bonanza y Superagente 86. Y no teníamos ni idea de que habíamos nacido a la vez que Ben-Hur o los cómics de Astérix y Óbelix. Valentina y los chiripitifláuticos empezaban a ser pedagógicos, ya eran los sesenta en la televisión, precursores de Barrio Sésamo. Pero los personajes de los tebeos que comprábamos en las viejas librerías que entonces no eran viejas estaban más cerca de Berlanga que de Disney. Los fracasados, jetas y morosos de Vázquez o los corrosivos vecinos de la 13 rúe del Percebe de Ibáñez harían enrojecer a los Simpson. Más que con los tiernos cuentos de Winnie the Pooh o la Abeja Maya, emparentaban con el surrealismo de los humoristas de La Codorniz. Éramos los hermanos pequeños de "Cuéntame", con un pie en los años cincuenta, ávidos de vida y color. Vivimos las películas prohibidas, los libros censurados, la libertad secuestrada, pero fueron nuestros mayores los que se jugaron el tipo para que nosotros leyéramos los libros liberados, viéramos las películas desclasificadas, viviéramos la libertad, recuperada. De ahí nos ha quedado una sensación colectiva de asombro y gratitud. Por ejemplo, cuando vemos que el zapato del Superagente 86 se ha convertido en el móvil que usamos hoy en día. O cuando vemos lo útil que resulta saber enmendar los borrones de otra clase tinta que seguimos echando en nuestra vida.

Encarna Samitier (22 de octubre)




Ilustración: Ignacio Fortún

domingo, 11 de marzo de 2012

sábado, 10 de marzo de 2012

Globo terráqueo


Me acuerdo de cómo jugábamos a los viajes con un globo terráqueo: después de vendarte los ojos, girabas la esfera y ponías el dedo al buen tuntún. Muchas veces acababas ahogándote en el mar y perdías el turno, pero si había suerte podías caer en Australia, en la Isla de Java, en el África profunda, en Alaska o Groenlandia.
Entonces, tenías derecho a contar una historia relativa al lugar, y los demás jugadores, la obligación de escucharla hasta el final.

viernes, 9 de marzo de 2012

Chuchos



Los chuchos que pululaban por el barrio a todas horas no parecían ser de nadie. Había temporadas en que aparecían de repente casi por manadas y como por ciencia infusa, como una plaga rabona y a cuatro patas llegada vaya usted a saber de dónde. Aquellos sacos de pulgas, aquellos embajadores de la tiña, aquellos pertinaces plantadores de caca baqueteados a modo por la perra vida a la intemperie y el acoso inclemente de la chiquillería más guerrera, campaban a su libre albedrío por las calles entrando y saliendo de las casas a su antojo aun a riesgo de un buen estacazo en las costillas, siguiendo siempre un rastro en pos y a la caza de algo comestible con el hocico a ras de suelo y el rabo en ristre y en perpetuo movimiento. Los que lo tenían, claro, que en muchos de ellos el apéndice peludo e inquieto no era más que un triste recuerdo: quien no les echaba una escuálida pata de pollo de la olla del caldo, les zurraba la badana; quien no les volcaba en la acera la perola con los restos escasos del guiso del mediodía o unos trozos de pan duro, les medía los lomos con el vergajo; quien no los acariciaba detrás de las orejas o les rascaba la sotabarba, les atizaba un trancazo sin compasión y por sorpresa.

Los había, recuerdo, de dos clases: montaraces e indómitos, de los que te plantaban cara y te enseñaban los dientes a las primeras de cambio y con los que nos las teníamos tiesas un día sí y otro también, y los reservones y cobardes, ladradores del miedo, aulladores del pánico siempre prestos a salir pitando ante cualquier gesto mínimamente amenazador. El de agacharse de repente como para coger alguna piedra o palo no fallaba, era mano de santo: en cuanto flexionabas levemente las rodillas alargando el brazo hacia el suelo y ellos barruntaban la alevosa intención con su fino olfato, salían de allí a escape, cagando leches con el rabo entre las patas. Por supuesto, ninguno con esa gilipollez del pedigrí: todos mil sangres, mil padres, mil leches, hijos putativos de la áspera escuela de la calle al raso, bachilleres de latines, y aun licenciados, y sobre esto doctores, en desdichas y calvarios sin cuento.

Ahora, cuando las pasaban putas pero de verdad de la buena era si los sorprendíamos en amorosa postura, enlazados en la rica coyunda que, como a todo bicho viviente, natura les reclama. Pobrecitos míos: dada la dificultad que tienen los de su especie para desengancharse raudos del fornicio, aprovechábamos la indefensión manifiesta para descargar sobre ellos nuestra crueldad y frustraciones a base de zurriagazos y pedradas. Nos cobrábamos las deudas pendientes, como si dijéramos. Y hasta los intereses de demora. ¡Joder, lo pienso ahora y es que me daría de hostias yo mismo por lo cabrones que éramos!

Les poníamos nombres como Tobi, CaneloPintao, Sultán… Pero ya podías llamarlos lo que te saliera de ahí y esperar sentado que no venían ni a tiros. Ya digo que estaban bien baqueteados.
A pesar de mi insistencia perruna para que me dejaran tener uno en casa fui incapaz de lograr mi deseo. Y mira que di la matraca a conciencia. Pero no hubo manera. Un fracaso en toda regla. Hasta una vez, por ver de ablandar a mis padres y traerlos a mi capricho por la parte sensiblera, me presenté con un cachorro en brazos, canela y blanco, ya casi destetado, que daba gloria verlo. Pues ni capricho, ni sensibilidad, ni pollas en vinagre: si me descuido un poco y no ando alerta, y a pesar de que el perrillo, oliéndose la tostada, los miraba con unos ojos que partían el alma, acaba de guarnición con las patatas del puchero. Mi madre daba unos gritos tal si le estuvieran extirpando el apéndice sin anestesia o tuviera avispas por dentro de las bragas. Y mi padre, que podía ser sutil y expeditivo sin abrir la boca, en una silenciosa y, no obstante, explícita indirecta que cogí al vuelo por la cuenta que me tenía, echó mano a la navaja grande que siempre llevaba en el bolsillo y se puso a afilarla con parsimonia cuando no tocaba mientras miraba al perrillo de hito en hito. Con semejante recibimiento, de más está decir que en mi casa nunca tuvimos perro. Y debió de correrse la voz entre los canes del barrio porque desde el suceso del cachorro casi rescatado de la olla ni siquiera se atrevían a asomar los bigotes por la puerta de mi domicilio en sus incursiones alimenticias. Mi madre, que les tenía un pánico del que nunca supimos de dónde o de qué pudiera venirle (y le daba igual que el chucho fuera pequinés que mastín, chihuahua que perdiguero, foxterrier que pastor alemán, dogo que caniche...) había desarrollado una especie de sexto sentido, como eso de la ecolocalización de los murciélagos y los delfines, algo así, para detectarlos a distancia en sus batidas callejeras. Haciendo de tripas corazón y del pellejo una coraza, llegó un momento en que sin importarle el tamaño ni la posible fiereza de los imprudentes cánidos, en cuanto los veía merodear cerca del número diez de la calle Najarra los esperaba emboscada tras el umbral o detrás la cortina para espantarlos a fuerza de escobazos si acaso osaban asomar el hociquillo. Yo creo que el miedo cerval que les tenía le infundía al mismo tiempo un extraño valor para enfrentarse a ellos en un estado cercano a la histeria.

Lo que sí tuve, en cambio, fue un quiste en el pulmón. Hidatídico. Transmitido por los perros, dijo el médico. Pero jamás nos explicamos cómo llegó hasta allí. Si yo nunca, acabo de contarlo, tuve perro.

Casi cuatro meses en el hospital la tontería canina.

Y un costurón en el costado de recuerdo perenne.

jueves, 8 de marzo de 2012

Romeo en París


Ayer dieron comienzo, y hoy finalizan en el Instituto Cervantes de París, unas jornadas en torno a la figura de Félix Romeo, de cuya presencia y talento nos privó hace unos meses una muerte apresurada e injusta.
Estas jornadas contarán con la presencia de muchos amigos suyos, escritores, cineastas, fotógrafos, pintores… Hablo de gente como David Trueba, Antón Castro, Martínez de Pisón, Lina Vila, Jorge Sanz o Pepe Cerdá, autor de la portada del número monográfico de Rolde a él dedicado. Algunos de ellos también han participado en el volumen ¡Viva Félix Romeo!, publicado conjuntamente por Mondadori con la novela póstuma de Félix, Noche de los enamorados.

Mi lectura de esta novela, que me llegó a través de Antón, es el texto siguiente, texto que encontró acogida en el suplemento "Artes&Letras" del Heraldo de Aragón el pasado 23 de febrero.
Es mi manera de sumarme al homenaje a ese magnífico escritor y crítico, tan arrollador y querido, tan vitalista y gozoso, tan amigo de sus amigos.

El envés de la tragedia

De su paso por la antigua cárcel zaragozana de Torrero para cumplir condena por insumisión llevando hasta el final sus convicciones antimilitaristas, Félix Romeo (Zaragoza, 1968-2011) se trajo en la memoria, hasta convertirla casi en obsesión, esta Noche de los enamorados (Mondadori), la historia de un crimen real perpetrado por Santiago Dulong en la persona de su mujer Mª Isabel Montesinos. Dulong fue compañero de celda de Romeo, y ya en su primer encuentro Santiago le confesó que había estrangulado a su mujer. Un asesino que reconoce su culpa pero que no parece arrepentirse. Aunque el arrepentimiento no le sirva ya de nada a la víctima.
En esta novela infelizmente póstuma, Romeo indaga con pasión en las causas y consecuencias de aquel suceso. Y lo hace con tal acierto que cuando el lector, cualquier lector, abra este libro, no habrá vuelta de hoja para él: en apenas media página, con las primeras nueve frases y tras las primeras cincuenta y una palabras del texto, entre “Es una mujer y está muerta.” y “Su asesino se los ha cerrado.”, se verá atrapado sin remedio en esta crónica novelada, una historia desgraciada que no podrá ignorar, a la que no podrá volverle la espalda.
Con una prosa aparentemente distanciada, fría, casi judicial o administrativa, Romeo, a base de frases cortas y párrafos de unas pocas líneas, se propone contar con la mayor exactitud posible cómo fueron los hechos para intentar comprenderlos y hacerlos comprender, y logra concretar con maestría la atmósfera precisa para que el lector se implique en esta tela de araña donde, en el centro de la misma, aparecen en primer plano el verdugo y la víctima como actores principales. Dos seres infortunados que tienen la desgracia de encontrarse en un sórdido ambiente, y que una mala tarde de otoño, lluviosa y fría, culminan de la peor manera todos sus desencuentros, todas sus frustraciones, una violencia larvada -explícita a veces- casi desde el principio de su convivencia. Los hilos -no de seda precisamente- que conducen a ese escenario son puestos de manera minuciosa ante los ojos del lector, situando a éste ante los cómos y los porqués, los cuándos y los dóndes, la visión completa de la trama. El escritor se viste de entomólogo que va observando los hechos y anotando en su libreta cada movimiento de los actores de la misma, todos los pasos que éstos dan -y los suyos propios- hasta llegar al centro de la tela de lo que se narra sin ahorrarse reflexiones sobre las razones del asesino ni piedad hacia la víctima.
Dividida en dos partes, “La escena del crimen” y “Reconstrucción de los hechos probados”, en Noche de los enamorados -el título proviene de la fecha del primer encuentro entre Santiago y Félix en la cárcel, un 14 de febrero- el autor, partiendo de la imagen inicial del cadáver de la mujer en el suelo, va hilando sutilmente, sin que apenas se noten las puntadas, un armazón de causas y efectos por mor de los antecedentes vitales de ambos protagonistas, marido y mujer, un viudo y una mujer baqueteada por la vida en clubes de alterne, alcohólica y prostituta, que tras compartir algunas noches de amor mercenario deciden probar a unir sus destinos.
Para escribir este libro-reportaje, fruto de un suceso real ocurrido quince años atrás y una casualidad carcelaria, el autor se convirtió en un investigador tenaz de todos los cabos de la madeja a desenredar, el papel jugado por los secundarios que también participaron en la función: atestado policial, informe forense, relaciones personales, antecedentes familiares, declaraciones de vecinos anónimos, actas del sumario y desarrollo del juicio… en un intento de entender el proceso por el que alguien llega al extremo de asesinar a su pareja.
Pero en sus ciento cuarenta páginas, y sin perder nunca de vista el objeto principal, hallamos también una indagación sobre el sucio mundo carcelario, sobre silencios y elusiones, sobre lo incomprensible de una justicia que sitúa en el mismo plano a víctima y verdugo. Algo no funciona bien en un sistema que condena a un insumiso a dieciocho meses de prisión y despacha una muerte violenta con un año de cárcel tras convertir una acusación de parricidio en un delito de “imprudencia temeraria”.
Hay también en este libro un respeto inmenso por las palabras, por encontrar la palabra exacta que le permita decir en cada momento su verdad de la mejor manera posible. Porque si algo tenía Félix era un respeto casi religioso por las palabras. Es algo que se puede ver de manera palmaria en sus tres libros anteriores, en sus incontables artículos…
María Isabel Montesinos Torroba, natural de Larache, no llegó a cumplir los cuarenta y siete años. De su marido y asesino, Santiago Dulong, falangista, lo último que sabemos es de su descenso por unas escaleras de una calle de Zaragoza la noche de un día, también lluvioso y frío, cuatro años después de los hechos y tras un encuentro fortuito y sin palabras con su antiguo compañero de celda.
Un escueto e incompleto acta de defunción -como para que lector lo rellene con sus propias conclusiones- es la última página de la novela.


Elías Moro

La imagen es de Luis Grañena, un magnífico caricaturista e ilustrador y también amigo de Félix.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Poesía primitiva (2)


La manada de renos
Lapones (Escandinavia)

La manada de renos en la península Varanger
corre sobre riscos y elevados roquedales.
Los bellos animales balancean sus patas
arriba de los riscos.
El gran reno blanco relumbra
arriba del Monte Emitoaivve
cerca de Annijokka.
Orgulloso lleva sus grandes astas.


(De Antología de poesía primitiva -Alianza Tres, 1987
Edición de Ernesto Cardenal)

martes, 6 de marzo de 2012

Bufón


Bufón. A pesar de que su chocante traje de colorines, su imperdonable gorro con cascabeles y su ridículo calzado, cuando no su apariencia lela, parecieran inducir a pensar lo contrario, la parte más inteligente de la corte en un reino.

lunes, 5 de marzo de 2012

Masai


Sangre de vaca en mis labios
y caminar bajo el polvo
esperando la lluvia cierta.

Contemplar el Kilimanjaro
y ver cómo danza mi padre
a la sombra de una hoguera,
su piel de cebra sobre los hombros.

Mi lanza, mi vaca, mi padre.

Toda África es mi territorio
y soy feliz bajo el polvo
que este rostro engalana.

domingo, 4 de marzo de 2012

Hablar con extraños (3)


6 Dios existe y yo lo he visto. Tiene cabeza de búho y cuerpo de mujer de 15 años con tetitas de blanco lechoso y una verga blandengue en el ombligo. Yo lo veo porque me paso el día mirando a las alturas. Unas noches veo santos y santas, pero la mayoría de las veces veo solamente caballos. 
(Delirio de un campesino en cama contigua a la mía en el Hospital de Jaén)

7 Yo que no mato una mosca hoy he matado dos de un golpe. Me dio mucho gusto matarlas mientras fornicaban. ¿Así se dice, no? 
(Simpática anciana de luto en la cola del Mercado de El Palo, Málaga)

9 Yo escribo poesías de Campoamor y fábulas de Iriarte y Samaniego. Me gusta cuando hablan los animales. También me gusta beberme algún chatito de vino y, si estoy de humor, pintarrajearme un poco. Y sobre todo me gusta que me traten como mujer, incluyendo lo que usted ya sabe aunque tenga más de sesenta años. Pero usted debe saber muy poco de ese asunto. Usted tiene demasiada pinta de intelectual.

(En un parada del tren postal Madrid-Jaén, en la estación de Linares-Baeza. Detenidos por causa de la nieve en enero de 1983)

sábado, 3 de marzo de 2012

Óptica


Me encantan esas gafas.
Te favorecen.
Multiplican el deseo de tu mirada.
Concentran en tus ojos el deseo de los míos.
Me encantan esas gafas.

viernes, 2 de marzo de 2012

Silbido


He perdido la costumbre, estoy como desafinado; hoy, después de mucho tiempo sin hacerlo, impelido por su belleza y elegancia, en un impulso irresistible, he silbado con admiración a una mujer por la calle.
Y todavía no sé -hace años no hubiera tenido ninguna duda, era un experto en su interpretación, aunque tal pericia me resultara del todo inútil para la consecución de mi deseo- si me ha mirado con desprecio o con agradecimiento, como dando pie a algo más sustancioso que un simple silbido.
Si ya no soy capaz de apreciar esos matices…
Lo dicho: definitivamentte, estoy desafinado.
Y un poco avergonzado también, porqué no admitirlo.
¡Silbando a las mujeres, a mi edad!

jueves, 1 de marzo de 2012

Faltan palabras...


Esta tarde, a las 19:00h, se presenta en Madrid, en la librería "La Central" del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (Ronda de Atocha, 2), la antología Faltan palabras en el diccionario-Poemas escogidos 1983-2011 (Libros del Aire) de Javier Sánchez Menéndez.
Luis Alberto de Cuenca hará los honores a esta selección de poemas, más algunos inéditos, de la obra poética de Javier Sánchez Menéndez, a cuya labor de poeta hay que sumar el espléndido trabajo que está llevando a cabo como editor en La Isla de Siltolá.
Yo no podré estar, pero vosotros no deberíais perder esta ocasión de acercaros a su poesía.

Este poema cuesta tanto

Costó tanto trabajo el escribir el poema,
y cuesta mientras creo
que lo tengo muy claro:
la idea, el ritmo, la palabra.

Pero sale a golpe de tinta
y de sangre.
El corazón sufre, el tono no es el mismo,
y me apetece tanto
que repita la historia.

Es la angustia que llevo por estas
circunstancias
cuando suena el teléfono
y no escucho tu voz,
tu vida, tus palabras,
tus sueños de mujer que han ido madurando.

Cuesta tanto escribir este poema.

(De Una aproximación al desconcierto)

El telero


Galerías Preciados, Sederías Carretas, Almacenes Arias, Sepu… “Quien calcula, compra en Sepu”, recuerdo que rezaba la propaganda de la época, tanto impresa como radiada.

Cuando yo era niño existía la costumbre, o más bien la necesidad, y no solamente en mi casa sino también en la de muchas de las familias con escasos ingresos de comprar la ropa a crédito. El día señalado para ello, toda la familia arreaba camino del establecimiento que más confianza les inspirara a los padres, se adquiría lo necesario para la temporada o el año y luego podía pagarse poco a poco en cómodos plazos; bien entendido que hasta que no fuera satisfecho en su totalidad el monto de la mercancía en el plazo acordado, ni hablar del peluquín el fiarte la próxima remesa textil.


Todos los domingos venía al barrio a cobrar el pago semanal uno de aquellos personajes que las tiendas empleaban para cobrar las facturas. Teleros, los llamaban nuestras madres. El nuestro respondía por Mauricio y era ya como de la familia, como ese tío carnal y lejano que aparecía a veces los domingos y fiestas de guardar y te daba unas pesetas para cromos o golosinas y un coscorrón cariñoso como despedida.

-¡Mamaaaaa, que ya está aquí otra vez el señor Mauricio! -nos desgañitábamos desde la puerta para advertir de su presencia. Emitido el mensaje, salíamos pitando de allí, nos nos fueran a entallar para algún mandado. Mi madre, al oír el aviso (como para no escucharlo con los berridos que pegábamos) se secaba las manos en el delantal o dejaba el mocho de la fregona o apartaba la perola del fuego y salía a recibirlo con una ambigua sonrisa de bienvenida que, así de entrada, no comprometía a nada. El Mauricio, carpetilla de cartón con gomas y el taco de los recibos bajo el sobaco, la veía acercarse impasible, sin mover un músculo de la cara, aunque imagino que preguntándose si esa semana tendría la suerte de cobrar o no. 


-¿Cómo está usté, señá Cloti? ¿Y los chicos y el Elías? Mi mujer le manda muchos recuerdos -saludaba amable de entrada intentando de esta manera abrirse paso hasta el bolsillo o el monedero de la deudora. 
Una táctica un tanto empalagosa con un fallo garrafal porque entre otras cosas, mi madre no conocía a su mujer más que por la foto de carné de la parienta que el Mauricio llevaba en la cartera y que un día se le cayó al suelo cuando intentaba devolver el cambio. 

Creo recordar que era ferroviario (en invierno se presentaba siempre con una pelliza de cuero marrón con el cuello de piel de borrego, me parece que de su trabajo, y que a mí me gustaba mucho, toda llena de bolsillos y cremalleras y una vuelta con botón de lata en el puño de las mangas) y que con aquella actividad dominical se ganaba un magro sobresueldo. 
Pobre; la mitad de las veces, y me quedo corto, las visitas eran en balde pues, con las más peregrinas excusas por parte de los morosos, se las veía y se las deseaba, cuando no era incapaz del todo, de cobrar los facturas. Al final de la mañana le veíamos salir del barrio casi siempre apesadumbrado, con la gorrilla desmayada en las manos y cargado de hombros sujetando la carpeta contra las costillas: la viva imagen de la derrota. A los chavales había veces que nos daba hasta pena. Pero no desesperaba: tenaz como pájaro carpintero pica que te pica que te pica en el tronco para abrir su nido, como abeja laboriosa reconstruyendo panales, como termita que roe y roe y dale que te roe la rica madera, ya podías apostar a que el próximo domingo se presentaría de nuevo con sus educados modales y los ánimos renovados para ver si los vecinos se ponían al corriente con la deuda de una puñetera vez:

-Señá Cloti (o María o Paca o Juana o Lola, daba igual, todas las vecinas de la calle habían caído en la misma trampa), que ya van tres semanas de retraso -decía suavemente, apretando lo justo. Mi madre y las demás vecinas en igual trance la mayor parte de las veces le escuchaban como quien oye llover: que no le hacían ni puñetero caso, vamos. Le soltaban cualquier milonga sensiblera y hala, Mauricio, hasta el domingo que viene si dios quiere, dele recuerdos a su señora de nuestra parte. De que era un estoico no tengo ninguna duda porque lo ciertos es que jamás vi que se molestara en exceso por los reiterados y, en ocasiones, fantasiosos pretextos para no "aflojar la tela", nunca mejor dicho. O por lo menos no lo dejaba traslucir a las claras: como perro viejo que huele a distancia las piezas a cobrar, bien sabía que los pobres (él también lo era, y seguro que también tendría lo suyo), quieras que no, y de una u otra manera, siempre acaban pagando.

Hubo un año en que nosotros pagamos parte de la vestimenta adeudada en especie. Cuando yo andaba por los trece o catorce, un fin de semana de invierno con un frío atroz, mi padre me llevó con él para arreglar unas goteras pertinaces en el tejado de su casa. Al final, mira tú por dónde, resultó que conocí a su mujer en persona (alta, rubia, guapetona, un punto cargada de carnes aunque sin pasarse tampoco... de buen ver, en todo caso) algo que mi madre no logró jamás. La anfitriona, que por cierto no recuerdo cómo se llamaba aunque tampoco hace al caso, nos puso un cafelito con galletas (se conoce que su media naranja ya habría desayunado) se esfumó discretamente por donde había llegado y venga, al asunto, que amenaza lluvia.


Cuando volvimos a casa despúes del trabajo mi madre nos dio la tabarra a base de bien preguntando acerca de ella con insistencia: que cómo era la mujer del Mauricio; que qué llevaba puesto; que cómo era la casa; que si estaba limpia (la casa, no ella); que si esto, y lo otro, y lo de más allá; hay que ver lo pesadita que se puso la vieja con la media naranja del Mauricio. En cuanto abrió el pico y empezó con la murga, mi padre se hizo el loco (esto se le daba fetén), se calló como un muerto, y en lo que tardó en guardar las herramientas se largó con viento fresco a la taberna del Sebas a tomarse unos quintos y echar la partida con sus compinches de fatigas. Por lo que a mí respecta, lamento decir que no tuve fácil escapatoria del inquisitorial y absurdo interrogatorio (que si el peinado, que si los zapatos, que si estaba pintada -ella, no la casa-...). Sospecho que no le hizo ni pizca de gracia la entusiasta descripción que realicé de la señora, porque a puntito estuve de ganarme un mojicón de los buenos sin tener culpa de nada si no llego a andar vivo de piernas y reflejos. Pues que no hubiera preguntado, no te digo.

No sé cuántas tejas cambiaríamos en aquel tejado lleno de carámbanos, nidos pochos de gorrión, cagadas de paloma y algún cadáver que otro de rata, pero seguro que dieron para pagar un abrigo. 
O para saldar parte de la deuda.